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Análisis

Tacho Rufino

De pájaros y árboles

Los destinos turísticos están tan ávidos de su maná que ninguna medida de control del exceso será implantada en esas ciudadesResurge con brío el turismo, y no es sensato pensar que sus bondades y vicios hayan cambiado

Después de una búsqueda infructuosa en internet, sólo queda parafrasear los versos de algún poeta: no envidio tanto al ave que vuela donde quiere como al árbol que, firmemente enraizado, extiende su copa año tras año. Estiraremos el (no) verso, con el propósito de trasladar la preferencia de quien esa idea escribió al perpetuo movimiento de personas por el mundo, unos desplazamientos que no están movidos por la necesidad, como los del cazador primitivo, las aves migratorias, el pastor trashumante; el deportado y el exiliado. Sino por gusto. Hablamos del turismo, del trasunto democrático de la condición de explorador o viajero, dos especies ya extinguidas en el mundo empequeñecido. De la industria que vive del trasladarse a otro lugar que no es el habitual, por el afán de descubrir otras costumbres, formas de alimentarse, paisajes, obras de arte, circuitos y rutas de mayor o menor autenticidad. Maneras de vivir, cantaba Rosendo. Maneras de viajar.

Aunque todo lo que resulta raro acaba siendo emulado e impostado en el mundo de la hipercomunicación, siguen pasando por raritos los que deciden moverse lo justo, los que se desplazan en un radio conocido y en el que se sienten seguros, porque conocen bien esos espacios que les ofrecen piquetas bien fijas y vientos bien tensados. Ante esta actitud y forma de vida, un psicólogo sin papeles -los hay a puñados- prescribiría: "Debe usted abandonar la zona de confort". Subyace en tal tratamiento la certeza de la conveniencia -para qué, quién lo sabe- de coger muchos aviones y hacerse mil fotos en sitios señeros de lugares por los que un turista transita fugazmente, como un pájaro errante. Que va a posarse en árboles membrudos, aparasolados o cónicos, centenarios o supervivientes al fuego, inamovibles junto a su ribera. Los pájaros pasan, los árboles quedan. Volar es para pájaros, decía Hilario Camacho. No tanto es propio de las personas, de legiones de viajantes en aeronaves que dejan infinitas estelas de querosén quemado a lo largo y ancho del cielo.

La economía poderosa se divide en dos en el primer cuarto del siglo XXI: la digital que bascula entre Silicon Valley y Asia, y la neoindustrial y orientada a soportar un planeta en entredicho, cuyo paradigma bien pudiera ser Alemania. Periférica pero necesariamente, los pájaros del turismo alimentan a 'destinos' que ofrecen una industria del ocio y el viaje en territorios atractivos para una demanda que desea pasar unos días de asueto y diversión. De un tiempo a esta parte, mucho se habla de los lugares perdedores -o lo contrario, a la postre- en este estado de cosas. La España vacía o vaciada, por ejemplo, ha sido aupada a cierta prosperidad con el ir y venir interior de la gente por la pandemia, la perimetración y el miedo a ser contingentado en un aeropuerto secundario donde vuela una compañía de bajo coste (para quien paga el billete; para el medio ambiente el coste es alto). Surgen apóstoles de las bondades de esos pueblos y ciudades que son árboles inmaculados, o que al menos no son arrastrados por la vorágine del forastero errabundo y su alegre tarjeta de crédito. La cosa pendular: los últimos serán los primeros, si es que hay un dios misericordioso. El viaje a ninguna y cualquier parte es una opción; la estabilidad de la cercanía y el vivir lo más lentamente posible, otra. Decidimos ser pájaros o árboles. Deseablemente -no sabe uno...- el que con las alas prestadas y de acero va de rama en rama ayuda con sus deposiciones -sus consumos- a que germinen nuevos árboles. Es seguro que sin árboles no habrá nada. Pero, lo sabemos bien, las plagas no dejan crecer a los brotes y devoran a los plantones. E incluso hacen enfermar a los bastiones -vegetales y otros- de la vida de todos.

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