El libro de Timothy Winegard resulta tan interesante como desagradable, es del año pasado y lo habría olvidado si no fuera porque los contagios recientes, a través de un mosquito que provoca meningoencefalitis, lo ponen de actualidad. Su título completo es The Mosquito: A Human History of Our Deadliest Predator, y describe los desastres provocados por las picaduras, desde los antiguos griegos y romanos, hasta nuestros días -recuerdo que cuando visité Yuste nos contaron que Carlos V murió allí de la picadura de un mosquito, y todavía está la pequeña alberca de donde vino-. Un dato cierto es que actualmente sólo los casos de malaria en un año son 228 millones, que provocan 405.000 muertes, pero principalmente en África, lo que hace que el mosquito no sea noticia más que cuando, como ahora, nos toca de cerca. Resulta peculiar que nuestro Fernando Simón avisara hace ya tres años de que podían aparecer casos de enfermedad neuro invasora por picaduras de mosquitos, y diera recomendaciones, pero parece que estas cosas nunca nos van a pasar a nosotros.

En economía, la lucha contra el mosquito va unida a la famosísima experiencia de los premios Nobel, Kremer, Duflo, y Banerjee, cuando les pidieron que calcularan cómo había que subvencionar en África las redes impregnadas de insecticida, y tras numerosas pruebas recomendaron que se repartieran gratuitamente. Puede parecer algo simple, y desde luego a nadie le dan un Nobel por eso, pero hubo que demostrar que la gente no hacía mal uso de las redes cuando eran gratis, lo que contradice nuestra intuición de que se aprecia más aquello por lo que se paga algo. Concretamente, las redes gratuitas se utilizaban bien en un 99%; cuando se vendían subvencionadas a 0,15 céntimos (sobre un precio medio de 5,00), el colectivo que las necesitaba accedía a ellas en un 92%, que se reducía a 88 y 60%, si costaban 0,30 y 0,60 céntimos, respectivamente. Además, cuando regalaban la red y ofrecían que pudiera cambiarse por dinero, las mujeres no lo hacían, por mucho que lo necesitaran. Lo más importante de este experimento fue conseguir frenar el contagio, y crear hábitos de protección en las personas.

El libro de Winegard agobia en su descripción de desgracias, aunque es entretenido explicando cómo el mosquito ha transformado la historia, influyendo en guerras y conquistas, dando lugar a cambios políticos y de instituciones. Pero la principal lección que puede sacarse hoy es que, ante un problema de contagio, hay que cortarlo de raíz, sin ahorrar en medios ni pensar en gastos; creo que ayuntamientos y comunidades autónomas podrían hacer más que recomendar a los vecinos que usen repelente, y persistir en la reducción de mosquitos y otras plagas en aquellas zonas donde son un problema. La palabra malaria viene de mal aire, cuando se afirmaba que la enfermedad se transmitía por miasmas y se ridiculizaba la idea del contagio; y llama la atención lo engreídos que seguimos siendo queriéndolo saber todo respecto al mundo natural en tantas y tantas afirmaciones sobre salud, y economía, que se hacen en la crisis actual. Quizás el peor depredador humano no sea el mosquito, sino la ignorancia, el pensamiento sesgado que se cierra a la comprensión y al conocimiento.

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