Análisis

Francisco Correal

Una saeta en versos para Cernuda

En 1956, Caballero Bonald incluyó su poema ‘Semana Santa’ en una obra sobre estilos del cante flamenco y envió un ejemplar al domicilio mexicano de Cernuda en Coyoacán

Caballero Bonald cuando fue pregonero de la feria del libro de Sevilla.

Caballero Bonald cuando fue pregonero de la feria del libro de Sevilla. / D. S.

LOS dos años que José Manuel Caballero Bonald (Jerez, 1926) vive en Sevilla, entre 1949 y 1951, donde estudió Filosofía y Letras en la antigua sede de la calle Laraña, cada vez que llegaba la Semana Santa optaba por las escapadas. Uno de sus destinos favoritos, según cuenta en ‘Tiempo de guerras perdidas’, era Cádiz. Fernando Quiñones dejó de trabajar en el muelle pesquero y lo invitó a dormir en su casa. El escritor jerezano, cuya primera residencia en Sevilla fue una casa de huéspedes en calle Trajano, viajaba en tren hasta El Puerto de Santa María y allí cogía el vapor Adriano que le dejaba en Cádiz.

Pese a esas escapadas, durante su estancia en Sevilla menciona dos presencias del hecho religioso, con la proporción debida a su alma jacobina. Una es el préstamo que un amigo le hizo del libro de poemas Hombre de Dios, de José María Valverde. El futuro traductor del Ulises sólo tenía 18 años. La segunda presencia es la serie de visitas a las iglesias que realizó con José María Moreno Galván, el crítico flamenco morisco (gentilicio de los nacidos en La Puebla de Cazalla) al que conoció en el bar Giralda, en Mateos Gago. Con él visitó el Alcázar y allí tuvo ocasión de conocer a Joaquín Romero Murube, conservador del palacio real que en 1944 había dado el pregón de la Semana Santa de Sevilla.

El poeta Leopoldo Panero estaba de visita en Sevilla para seleccionar en una galería obras de pintores locales para la I Bienal Hispanoamericana de Arte, que tendría lugar en Madrid. Panero se alojaba en el hotel Inglaterra y allí recibió a Caballero Bonald, a quien le ofreció llevar el departamento de Prensa de la Bienal.Hay una Semana Santa en Caballero Bonald que no guarda ninguna relación ni con la que vivió en Sevilla ni con esos precedentes artísticos. Tiene lugar en 1956, un año fundamental en la vida del autor de Agata ojo de gato. En febrero de ese año regresa de su estancia en París; empieza a frecuentar las tertulias del café Gijón; retoma la práctica del dibujo; entra en política a través de Dionisio Ridruejo; y Camilo José Cela, a quien había conocido años antes en Cádiz, lo nombra secretario de la revista literaria Papeles de Son Armadans. Lo más importante que le ocurrió en 1956 es que en verano conoce en la playa de Pollensa, en Mallorca, sede de la revista, a Pepa Ramis, que desde 1960, el año que se va a Colombia, se convirtió en su mujer, en la madre de sus hijos.

Pepa Ramis, mallorquina, figura junto a su esposo en la selección de la antología poética de la obra Años y Libros, que recibió el XIII premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Del año 1956 es su obra Anteo, que se publicará como separata en Papeles de Son Armadans. Cuatro poemas dedicados a otros tantos palos del cante flamenco: Hija serás de nadie (la soleá), Semana Santa (la saeta), Tierra sobre la tierra (la seguiriya) y Oficio del hierro (el martinete). El último no aparece en la antología de una obra con edición e introducción de Luis García Jambrina.

Semana Santa es el más largo y no hace abstracción del título en los versos: “Setenta veces siete, entre sedientos / vítores, inválidas culturas, fue la pompa / rindiendo pleitesía a la indigente / reconstrucción de un grito…”. Esta Semana Santa de Caballero Bonald llegó a fuentes muy autorizadas de la poesía. Su catálogo biográfico De lo vivo a lo contado recoge la impresión que produjeron esos poemas a Gerardo Diego y Luis Cernuda, dos de los poetas de la generación del 27.

La carta de Cernuda tenía fecha de 14 de diciembre de 1956 y remite en la calle Tres Cruces, 11, Coyoacán, México D.F. “Muchas gracias, aunque sea un poco tarde”, le escribe el autor de La realidad y el deseo, “por el envío de su Anteo. Me ha gustado mucho leer sus versos tan hermosos, a veces sobrecogedores y trágicos, a veces apacibles y serenos. Me figuro que es usted andaluz, como sus versos indican, o andaluz por gusto”. Es difícil no pensar en una Virgen o un Cristo pasando bajo el Postigo o el arco de la Macarena tras leer lo que escribe Cernuda en Ocnos: “Para un andaluz, la felicidad aguarda siempre tras de un arco”.

La carta de Gerardo Diego está fechada el 26 de septiembre de 1956. Apenas le dedica unas líneas a esos poemas. “Recibí tu carta y tu Anteo,que me ha gustado mucho”. El resto de la misiva era para señalarle el contenido de los poemas inéditos que enviaba a la revista Papeles de Son Armadans y que le diera recuerdos a Cela. Éste le había encomendado a Caballero Bonald una antología con inéditos de los poetas del 27. “Querido Pepito”, como le llama en carta de 30 de marzo de 1958, “no dejes de la mano ni a Vicente (Aleixandre) ni a Dámaso (Alonso). Recuerda que falta todo: fotos, poemas inéditos, bibliografía…”. Cela le dice también que ha escrito a Emilio Prados, “con Luis Cernuda uno de los huesos más difíciles de roer”. Incluiría unos inéditos de Lorca.

En 1956 publicó cuatro versos sobre otros tantos estilos de cante flamenco y en 1957 aparecerá en Barcelona El baile andaluz. La Semana Santa de Caballero Bonald en 1956, “aquí se agrieta / el mundo, aquí la carne, aquí / el demonio. Lucha, alma mía, / cuerpo mío, demonio mío…” es la de un año muy pródigo en acontecimientos en su vida: se hace clandestino en política, legaliza su amor con Pepa Ramis y Cela lo nombra subdirector de la revistaenPalma de Mallorca. Ese año la España de Franco boicoteó los Juegos Olímpicos de Melbourne, pero Juan Ramón Jiménez ganó el oro de la poesía con el Nobel de Literatura. El pregón de Semana Santa lo dio Antonio Rodríguez Buzón, que fue sacado a hombros del teatro San Fernando. El pregonero murió en agosto de 1977, el mes que fallecen Elvis, Groucho y Machín.

“No me resultó fácil integrarme en Sevilla”. Caballero Bonald dedica el capítulo décimo de sus memorias, titulado El sonido de la máquina de escribir a sus dos años de estancia en Sevilla, repartidos entre las calles Trajano y Candilejo, junto a la Alfalfa.

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