Análisis

Isidoro Moreno

Catedrático emérito de antropología

Se corona a la Virgen de los Negros

La Virgen de los Ángeles, de los Negritos, en su salida del Jueves Santo. La Virgen de los Ángeles, de los Negritos, en su salida del Jueves Santo.

La Virgen de los Ángeles, de los Negritos, en su salida del Jueves Santo. / D. S.

Está de fiesta, estos días, la hermandad más antigua de las que existen hoy en la Semana Santa de Sevilla. La que se creara en torno al hospital-refugio que, en la última década del siglo XIV, fundara el arzobispo Gonzalo de Mena para las negras y negros que, por su edad o enfermedades, resultaban ya inútiles para sus amos y eran abandonados en las calles. Va a ser coronada en la Catedral su Virgen de los Ángeles, con la corona y sobre el paso que diseñara hace sesenta años el pintor y académico Juan Miguel Sánchez, en un ejemplo único de armonía entre tradición y modernidad.

El carácter pontificio de la coronación eleva el nivel de reconocimiento a esta Dolorosa: una imagen, de autor desconocido, muy probablemente de la segunda mitad del siglo XVI, que se incorporó a la hermandad tras la conversión de esta en cofradía de penitencia. Antes, la titular era una imagen de gloria de la Virgen de los Reyes con el niño y los tres magos de Oriente a sus pies, como medio de instalar a un negro, el rey Baltasar, en los altares. La hermandad, durante los quinientos años en que fue solo de negros, estuvo a veces protegida y a veces perseguida tanto por las jerarquías eclesiásticas como por los poderes civiles de la ciudad, pero ha subsistido, en su modestia, a todas las crisis y todos los avatares (intentos de hacerla desaparecer, crisis demográficas, inundaciones, efectos de guerras…) en contraste con otras asociaciones mucho más poderosas que desaparecieron en distintas épocas.

La Virgen de los Ángeles durante el rosario del pasado lunes. La Virgen de los Ángeles durante el rosario del pasado lunes.

La Virgen de los Ángeles durante el rosario del pasado lunes. / Juan Carlos Muñoz

Este sábado no se corona a una Virgen más entre las muchas ya coronadas o que lo serán en los próximos años (como reflejo de la desmesura en que ha entrado cuanto se relaciona con la Semana Santa). La Virgen de los Ángeles, además de patrona del barrio, como la nombran los libros de cabildos decimonónicos y de principios del XX, describiendo la verbena de agosto y la salida procesional, lo ha sido durante siglos de los afrosevillanos (sucesivamente denominados morenos y negritos para no usar la palabra correcta, pero maldita: negros). La ocasión sería ideal para que la Iglesia sevillana, en nombre de la Iglesia universal, pidiera público perdón por uno de sus mayores pecados durante casi sus dos mil años de existencia: aceptar y legitimar la esclavitud, no denunciar ese crimen de lesa humanidad que convierte a personas –sobre todo de raza negra– en simple fuerza de trabajo forzada o/y en objeto sexual, sin reconocerles ningún derecho salvo el de poder ir al cielo si tenían buen comportamiento.

Esta petición de perdón por la participación activa o, al menos, pasividad ante la esclavitud podría –pienso que debería– complementarse con la denuncia de las formas actuales de semi-esclavitud concretadas en la negación de derechos, en el abuso laboral, en la pobreza, en las discriminaciones, en el racismo... Los nuevos afrosevillanos, efecto de las crecientes migraciones actuales, son también forzosos protagonistas de varias de estas nuevas formas de semi-esclavitud.

La ocasión es ideal para que la Iglesia pida perdón por aceptar y legitimar la esclavitud

La Virgen de los Ángeles que va a ser coronada y el crucificado de la Fundación, que es el otro titular de la cofradía, no son solamente dos imágenes de gran valor artístico, histórico y devocional –rasgos que comparten con otras muchas imágenes de la ciudad– sino que, además, y sobre todo, son depositarias de la memoria: de los sufrimientos, las persecuciones y, también, los anhelos y esperanzas del colectivo sevillano más humillado y excluido en la historia de la ciudad. El ser depositarias de una verdad histórica sistemáticamente silenciada y referentes simbólicos de los más marginalizados dota a ambas imágenes de un significado que me atrevo a calificar de único. Me gustaría que fuera esta la razón principal del reconocimiento pontificio a la Dolorosa del Jueves Santo que tiene sede, desde 1550, en la capilla extramuros entre las puertas de Carmona y del Osario. Si fuera así, lo más lógico sería que la madrina de la imposición de la corona fuera una mujer negra, afincada recientemente en Sevilla, procedente de un país del África negra y desplazada forzadamente de su tierra sea por motivos económicos, de guerras o de cambio climático. Ella representaría, sin innecesarios intermediarios, a las decenas de miles de afrosevillanos de los pasados siglos y también a los nuevos afrosevillanos de hoy. Y simbolizaría la apuesta por un futuro para Sevilla de cohesión social y respeto a las diversidades étnicas y culturales.

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