Análisis

José Ignacio Rufino

La socialdemocracia vuelve a casa

Tras el fracaso y la dura crisis, nadie tiene palanca para defender el desmontaje del gasto públicoEl Gobierno del cambio incrementa los presupuestos de Sanidad y Educación

Tony Judt escribió Algo va mal (2010) poco antes de morir, y se nos antoja que su publicación pareciera un testamento personal sobre unos principios sociales que, como él mismo, iban a desparecer por el ímpetu inexorable de la historia. Se trataba, y permitan la síntesis extrema, de un alegato perdedor sobre los valores colectivos y el compromiso con el progreso social. Sobre la socialdemocracia tocada de muerte. Por aquellos años en los que el liberalismo prostituido por el exceso financiero había declinado, tocaba la crisis que expiara el enriquecimiento obsceno de pocos a costa de las personas corrientes. El concepto político cuyo cuerpo es la redistribución fiscal y las coberturas públicas pagadas con impuestos -la socialdemocracia- estaba cogiendo ácaros en un húmedo desván del pensamiento colectivo. Oscuro, pero húmedo: y donde hay humedad, hay vida. De forma que la socialdemocracia no sólo no estaba muerta, sino que constituía la principal herencia política -cultural, por qué no llamarla así- de los mejores años de nuestra vida como especie (mejor dicho, de la vida de los europeos occidentales de la posguerra, diezmados demográficamente, con un eficaz nivel de desarrollo humano y dopados por el Plan Marshall, pero no cabe aquí entrar ahí).

Sería por esos mismos años cuando tuve la ocasión de escuchar la siguiente frase -intento reproducirla- de boca de un presidente de una compañía muy informada y en un revolucionario proceso de definición: "Todos somos socialdemócratas, ¿qué otra cosa podemos ser aquí y ahora?". Me quedé gratamente de piedra. En el fondo, o sea, en esencia, él quería resaltar que hay principios tan poco zoológicos como muy humanos que, aunque los damos por consabidos, son un artefacto de progreso humano, como el propio Derecho: la educación y la sanidad (las infraestructuras, la seguridad, la defensa, la gestión municipal… construyan ustedes el tetris político) propiciadas por el Estado. No sería mucho más tarde cuando, en un bautizo y ya entre el tilín-tilín del hielo, un traumatólogo de nuestro Sistema de Salud público renegaba de eso de que "todos somos socialdemócratas". A pesar de que él en el SAS, como yo en la universidad pública, tuviéramos una papel activo en eso, la socialdemocracia. Ganándolo medianamente bien y, sobre todo, con seguridad casi blindada.

Ahora, 2019, parece que todos reconocemos por aquí a la socialdemocracia, incluso los más teóricamente desafectos al concepto. Los planes privados de jubilación -tan rentables…- y los seguros médicos también lo son, bien mirado: las colas de las clínicas privadas van emulando a las públicas, y a unas malas -ahí duele, nunca mejor dicho-, lléveme por favor al Hospital General más cercano, cosa que suscribe hasta el más rico y, ay, el fustigador del gasto estatal por principio. Terminamos aquí con la repentina vocación de cobertura pública de los asuntos básicos por parte de nuestro Gobierno andaluz (PP y Ciudadanos, sorprendentes socialdemócratas), que se proclaman como "los más sociales de la historia". Lo dijo ayer Juan Bravo, consejero de Hacienda de la Junta. El presupuesto -el del cambio- de Sanidad crecerá -veremos la ejecución- un 7,8%. El de Educación, un 3,8%. Una cosa es predicar y otra dar trigo. Todos socialdemócratas, ¿qué otra queda? ¿Cómo se costea eso? Serán impuestos directos (IRPF e Impuesto de Sociedades) e indirectos (IVA y sobre carburantes). Como ha sido siempre. Y será, alehop, el denostado multiplicador keynesiano: el gasto público genera economía. Que se lo digan a la cantidad de empresas privadas, también las punteras e innovadoras, que viven de lo público, no sólo en Sanidad, Educación o infraestructuras públicas. Bienvenida de vuelta a casa, socialdemocracia.

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