Diario de Sevilla En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Ala pregunta de qué aprendemos de la pandemia actual que pueda servirnos a futuro, sólo puedo contestar que poco. Los amateurs hemos venido dando tropiezos, y los expertos verdaderos no saben manejar tantas variables pobremente definidas: personas infectadas, susceptibles, formas de detección, transmisión, tratamientos y medios, población de edad avanzada, quién muere por el virus y quién con el virus, y sobre todo la naturaleza del propio virus, cómo opera, y morfa en poco tiempo. Los modelos, aunque útiles, no sirven para tomar decisiones políticas, pues el riesgo puede medirse por probabilidades, pero no la incertidumbre.

El Instituto de Salud Carlos III, que trabaja con 20 laboratorios con capacidad de detección del virus de la gripe, no tenía ningún caso de coronavirus confirmado en España a 31 de enero; sobre gripe normal, cuyos síntomas similares dificultan distinguir un nuevo tipo de gripe, indicaba que había brotes en el País Vasco y en residencias geriátricas, siendo los propios centros de salud el principal foco de transmisión. La incidencia de 15,3 por 100.000 habitantes implicaba que podría afectar a más de 70.000 personas, que requerirían hospitalización, lo que ocurre cada año pero en un período de muchos meses; un virus incomparablemente más dañino, y para el que no hay nadie vacunado, tiene una incidencia, como estamos viendo, mucho mayor y concentrada en unas pocas semanas. La conclusión es que no hay forma de prepararse contra algo que no se conoce; hay millones de millones de virus, y sólo uno irrumpe repentinamente y con una fuerza descomunal.

El matemático Christian W. MacMillan, en su librito Pandemias, dice que la gripe, que mata a millones de personas, raramente preocupa, porque la consideramos una enfermedad familiar, a diferencia de otras que estigmatizan o son importadas y ante las que sobre reacciona, como ocurrió con el ébola. El que hace un par de años recordáramos, en su triste centenario, que la llamada gripe española mató posiblemente a entre 50 y 100 millones no ha servido para nada; en estas mismas páginas me refería entonces -de manera demasiado optimista- a esa gripe como un ejemplo para que "se evite lo que parece que nunca va a ocurrir, pero está ahí acechando", en un artículo titulado "Mala sangre", donde hablaba también de los falsos test de analítica en Estados Unidos.

He leído en alguna parte que una vez se ha visto una pandemia, se ha visto sólo una, y sirve de poco para otra futura; quizás los países asiáticos con experiencias recientes sean una excepción. No se conoce siquiera el origen de los virus, que son partículas y no seres vivos, quizás un primer organismo en la llamada "sopa primordial", donde se coció el origen de la vida hace 3.000 millones de años, y que perdió su capacidad para reproducirse, se envolvió en proteína, y derivó en parásito. Pero es en el comportamiento social y no sólo en los genes donde está nuestra naturaleza; Albert Camus decía que en las epidemias aprendemos que hay más que admirar en la persona humana que despreciar, lo que suele ser verdad entre la gente normal, pero no es lo que se muestra, dentro y fuera de España, con una polarización ideológica que sólo agranda y abre nuevas grietas en un tejido social ya muy resentido.

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