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Alegrías en Cádiz

Un comensal cercano dicta sentencia: a partir del 15 de agosto ya estás en Nochebuena

Me he alegrado de estar unos días en Cádiz y disfrutar del Paseo Marítimo y de la playa Victoria que acoge a gaditanos y a veraneantes. Alegría por la ciudad al completo con bares y restaurantes llenos, tanto los tradicionales como la nueva oferta culinaria, y ver nuevos hoteles en construcción. Desde temprano hemos disfrutado de la playa, con unos gratos vientos de sur a poniente. Los empleados municipales barrían los caminos de tablillas y atendían los chambaos con los medios de apoyo a los discapacitados. Los vendedores de bebidas y patatas fritas se organizan para poder acercar una cerveza helada casi hasta el pie de tu sombrilla. Un poco más tarde aparecen los marisqueros, vestidos de punta en blanco con sus canastos cubiertos por un limpio paño húmedo. ¿Quién se resiste a un cartuchito de camarones?

No podemos estar en Cádiz y no ir al Mercado. En la crujía histórica se han instalado tiendas y pequeños bares para desayunos y copas que se prolongan a la caída de la tarde, como punto de encuentro para la primera caña de cerveza de la noche. Los nuevos puestos relucen de frutas y hortalizas llegados de toda la provincia: uvas, higos, tomates y pimientos para freír, alargados y de piel fina, imprescindibles en un almuerzo veraniego. Y los puestos de marisco y pescado. Desde los apabullantes atunes al corte, hasta las humildes pescadas y cazones que identifican este mercado. Y todo lo demás que se puede encontrar, mucho y bueno. Después, un paseo para visitar un momento el Oratorio de San Felipe y respirar ese aire de lugar fundacional que nos cuentan las placas de la fachada. Una mirada de respeto a la Inmaculada de Murillo y otra a los exuberantes mármoles italianos de la capilla del Sagrario.

Calle San José adelante, entre casas señoriales llegamos a la plaza de Mina con ese aire decimonónico tan relajante, para tomar un café a la sombra de su arboleda. La mesa nos regala la fachada de la casa natal de Manuel de Falla y una placa vecina nos recuerda que allí estuvo el estudio del fotógrafo José Reymundo, al que debemos la crónica de la Cádiz de su época. Una rápida visita al Museo, aunque solamente sea para presentar nuestros respetos a Melkart y Astarté, los dioses que nos protegen desde la ciudad milenaria. Con una caballa a la plancha con picadillo en la Punta de San Felipe despedimos el día. Un comensal cercano dicta sentencia: a partir del 15 de agosto ya estás en Nochebuena.

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