Misericordina

Eduardo / Martín / Clemens

Aleluya, hipoteca saldada

ENTRADA de Jesús en Jerusalén. Domingo de Ramos: todos acuden a su encuentro y le aclaman sin cesar "¡Hosanna! Bendito el que viene en Nombre del Señor" (Mc.11,10). Viernes Santo: el mismo gentío que le aclamó en fecha muy reciente le lleva ante Pilatos y, a la pregunta de éste "el pueblo grita de nuevo ¡crucifícalo!" (Mc.15,13).

La pasión de Jesucristo, visible en la herencia cristológica de Benedicto XVI y la centralidad del Cristo pascual en el papa Francisco "militando en su bandera", por utilizar el lenguaje de los ejercicios, son como la libertad que pone el semáforo en verde para acelerar y correr el vértigo de la fe y la creatividad de la nueva evangelización aquí y ahora.

Al entrar de lleno en la Semana Santa atisbamos ya la luminosidad del cirio, y la fe de la iglesia va anticipando el pregón y la alegría pascual en la vivencia de lo cotidiano porque Cristo saldó a Dios la hipoteca de nuestro pecado y, como nos recordó el Papa al inicio de su pontificado: "Dios nunca se cansa de perdonar, es el hombre quien se cansa de pedir perdón".

Desde el Domingo de Ramos Sevilla, en el rostro del Señor en la Entrada en Jerusalén hasta que se encierra la Soledad en San Lorenzo, con la catequesis plástica de la pasión cruenta, sabe que no es historia que se repite sino anticipo del aleluya de nuestro rescate no por méritos humanos y prácticas cuaresmales, exigibles como consecuencia del discipulado, sino por la locura con la que Dios ama a la humanidad. Por eso cada acto de misericordia por parte de la Iglesia y la humanidad es grito y anticipo de la resurrección con la que Dios avala todo el proceder de su hijo y desautoriza a quienes le condenaron y a los que le seguimos condenando.

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