aNTONIO BREA

Historiador

Amigos en moto

Hay seres cuya huella permanece indeleble en los corazones, por más que se pase sin verlos

Pocos símbolos tan representativos de la fraternidad masculina como el de aquel antiguo sello templario, en el que dos caballeros de la enigmática orden cabalgan a lomos de una misma montura. A principios de 1986, cuando las urnas determinaron la permanencia de España en la OTAN, evoqué en más de una ocasión esa imagen, cada vez que desempeñaba el rol de paquete en el ciclomotor de Álvaro García o en la motocicleta de Ángel Llinares, cuyo apellido lucía una rara doble ele inicial.

A mis años, aún hay personas cercanas que me cortejan para que me inicie como motorista y renuncie a los sinsabores propios del coche a la hora de buscar aparcamiento en mis desplazamientos urbanos. No creo que me convenzan, pero lo cierto es que entre mi círculo de amistades han abundado siempre los aficionados al mundo de las dos ruedas.

Álvaro y Ángel lo fueron desde chavales y nunca pensé, cuando compartíamos el viento en la cara en una época en la que temerariamente apenas se usaba el casco, que el objeto de su pasión acabaría costándoles la vida. En el caso del segundo de ellos, en plena juventud, y en el del primero, hace días.

Uno de los factores que encendió el amor al motociclismo entre los mozos de mi quinta -sin menoscabo del ejemplo de Ángel Nieto- fue el de la creciente expansión de la cultura juvenil de masas de los países anglosajones. De hecho, el interés que aún pervive por los añejos escúteres italianos o por las aparatosas máquinas estadounidenses, debe algo a la irrupción en nuestra tierra, si bien anecdótica y tardía, de movimientos generacionales transfronterizos como los mods y los rockers.

Unos y otros impulsaron clubes para salir de rally por avenidas y carreteras. Así Álvaro frecuentaría junto a uno de sus hermanos, una vez tuvo edad suficiente para conducir vehículos apropiados, la compañía de los Tagas, sevillana banda de admiradores de Gene Vincent y Jerry Lee Lewis que soñaban con recorrer los interminables caminos del Medio Oeste.

Por lo que me consta, Ángel y Álvaro no llegaron a conocerse, dado que los traté de forma paralela. Con uno compartí vibrantes inquietudes políticas, en un periodo en el que no eran pocos los adolescentes que se implicaban en ese tipo de cuestiones. Con el otro, pasé muchas horas atendiendo a los mismos profesores y ejercitando una precoz vocación teatral en los ensayos de unas Divinas palabras de Valle-Inclán, de cuya puesta en escena no se conserva ningún testimonio gráfico, por una negligencia imperdonable.

Pese a haber transcurrido bastante tiempo desde nuestro último encuentro, la noticia del accidente de Álvaro no me ha impresionado menos por ello. En la vida, hay seres cuya huella permanece indeleble en los corazones, por más que se pase sin verlos. Una pérdida enorme para todos los que fuimos sus amigos y muy especialmente para su familia, en gran medida implicada, desde hace décadas, en la gestión del colegio concertado Calderón de la Barca, imprescindible referencia educativa en el entorno de San Marcos.

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