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Anónimos

Los recuentos anuales de las personalidades se suelen olvidar de los que no han gozado de ninguna clase de popularidad

Cuando se acaba el año, se suele hacer una especie de inventario de las personalidades más importantes que han destacado en ese periodo: empresarios, políticos, artistas, científicos. Sí, muy bien, pero esos recuentos anuales se suelen olvidar de la gente que no ha llamado la atención ni ha gozado de ninguna clase de popularidad, aunque también ha hecho cosas que demuestran un gran coraje y una gran valía. Por alguna razón, se da por supuesto que no hay nada admirable en lo que hacen estos ciudadanos anónimos que no han figurado en ninguna lista de personalidades famosas, pero es justo lo contrario: lo que hacen esas personas anónimas tiene mucho más mérito porque está hecho sabiendo que nadie o casi nadie lo valorará. Y peor aún, sabiendo que en algunos casos lo que hacen les va a causar más sinsabores y problemas de los que ya tienen.

Citemos a algunas de esas personas sin nombre ni proyección pública. Las que han abierto un pequeño negocio o se han atrevido a montar una empresa, y se han entrampado o han tenido que buscar el dinero y ahora mismo están con el agua al cuello y sin saber muy bien qué va a ser de sus planes y de sus proyectos. Las mujeres que han sabido dejar una relación de pareja que las estaba anulando y destruyendo, y todas las que se han atrevido a decir que no cuando lo más fácil era seguir mintiendo, y todas las que han sabido salir adelante por su cuenta, sin miedo ni vergüenza. Los profesores y maestros que siguen haciendo su trabajo lo mejor que pueden, sin dejarse desanimar por la burocracia ni por la pésima política educativa ni por la cada vez peor educación de padres y alumnos. Y todas las personas que se han quedado en paro, pero no se han dejado arrastrar por la desmoralización y han conseguido vivir con la misma dignidad de quien tiene un trabajo y una vida más o menos hecha y está orgulloso de ella. Y todas las parejas que se han atrevido a tener hijos cuando no había demasiados motivos para tenerlos. Y todos los que se quieren. Y todos los que se respetan. Y todos los que procuran pensar por sí mismos, sin imposiciones ni dogmatismos. Y todos los que intentan hacer con su bondad y su valor que el mundo se parezca a veces a un maravilloso relato de Chéjov. Y todos los que se proponen ser felices sin hacer daño a nadie. A todos ellos, y ellas, les pertenece lo mejor de este año que se acaba. Muchísimas gracias.

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