La ciudad y los días

carlos / colón

Antonio Vargas

CUANDO el féretro fue recibido en el atrio de la Basílica sus portadores lo giraron a la derecha, mirando hacia la puerta de la tienda de recuerdos, antes de depositarlo a los pies del Señor entre cuatro hachones para la celebración de sus exequias. Las hermandades tienen estos detalles cariñosos. Se trataba de Antonio Vargas, muchos años servidor del Señor tras el mostrador de esa tienda de recuerdos. Porque si según Nehemías el Templo de Jerusalén tenía 392 servidores, la Basílica del Señor del Gran Poder -además del rector, otros sacerdotes y la junta de gobierno- tiene los suyos dedicados a la sacristía, las oficinas, la limpieza o la venta de recuerdos.

Tienda de recuerdos designa con poca propiedad su función. Porque lo que allí se vende son presencias. El recuerdo evoca hechos o personas arrebatadas por el tiempo, mientras que lo que allí se compra tiene que ver con el presente y con un futuro sin límites, con la presencia de una persona que está con nosotros y lo estará hasta el fin de los tiempos. No se venden allí esas fotografías que se miran con nostalgia y hasta con pesar porque en ellas está representado un instante irrecuperable o una persona perdida, sino el retrato de alguien vivo a cuya casa se acude con frecuencia. Pero al que se quiere tanto que gusta tenerlo ante los ojos tal y como es, tal y como está, tal y como nos aguarda, tal y como lo encontraremos cuando vayamos a visitarlo. Por ello tienda de presencias del Señor, no de recuerdos, habría que llamarla.

Va uno allí, le atendía Antonio o le atiende Maribel, y se lleva en un sobre morado esa fotografía que en la cartera, la mesita de noche, la sala de estar, el lugar de trabajo, un hospital o donde se esté -por lejos u hondo que sea- hace presente al Señor. Tienda de primeros auxilios espirituales domiciliarios, podría también llamarse, porque la fotografía allí comprada es el 061 que lleva al Médico de San Lorenzo donde se le necesite cuando, por la causa que sea, el corazón desfallece bajo el peso de las palabras del salmo: "¿Por qué, Dios mío, te quedas lejos, te escondes en las horas de la angustia?". Así de importante era el trabajo de este servidor del Templo que administraba estas presencias del Señor que tan inmenso bien hacen. Imposible saber cuántos habrán sacado fuerzas de donde no las tenían viendo la fotografía del Gran Poder que les vendió Antonio. Él le habrá pagado con creces este servicio.

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