Sine die

Más sobre Aquilino Duque

Cumplir noventa años con su agilidad física y lucidez mental es como un regalo de los dioses

La propaganda suele utilizar todos los recursos en su mano, que son muchos en ciertas ocasiones, para conseguir sus objetivos, pero la verdad acaba resplandeciendo o al menos eso queremos pensar, tal vez para conformarnos. Es algo así como el dicho taurino de que el toro acaba poniendo a cada uno en su sitio.

Descubrir ahora a Aquilino Duque es como alabar la utilidad de la luz eléctrica. Premio Nacional de Literatura, finalista del Nadal, Doctor Honoris Causa por la Universidad Inca Garcilaso de Lima y otros reconocimientos nacionales e internacionales jalonan su trayectoria. Pero la mejor crítica literaria es ser reconocido y admirado por muchos poetas coetáneos que ven en él a un maestro y, cosa poco frecuente, un amigo.

Habitante del mundo, su vida es un abanico de experiencias y amistades con personajes relevantes, en parte recogidos en sus memorias. Fiel a sus convicciones, nunca ha sido adulador del poder, cosa que como decía Václav Havel siempre debe resultar sospechoso, lo que le ha privado de ciertas distinciones a nivel nacional que otros con menos méritos han obtenido. Pero el tiempo suele ser un juez implacable capaz de conseguir que poetas reconocidos en su día, más por sus afinidades políticas que por sus méritos literarios, vayan cayendo en su valoración, al tiempo que a otros les ocurre lo contrario. Hay autores de una obra, flor de un día, como si emitieran un canto de cisne que nunca más vuelve se vuelve a oír.

No es ese el caso de Aquilino Duque. Desde sus años jóvenes mantiene su calidad literaria. Cumplir noventa años con su agilidad física y lucidez mental, es como un regalo de los dioses que le está permitiendo recoger en vida la admiración y el reconocimiento que otros solo pudieron recibir en el obituario. Si Aquilino hubiese sido un adulador oportunista apegado a la subvención y no un personaje en ocasiones incómodo, hubiese recibido ciertos galardones que otros han conseguido con menos méritos. Es un intelectual con el que uno puede estar o no de acuerdo, pero no hay la menor duda de que es incapaz de escribir lo que no sea coherente con sus propias convicciones. Allá cada uno con sus ideas; son cuestiones personales que deben permanecer al margen de la valoración literaria. Neruda, Alberti, Pla o Ridruejo pueden servir de ejemplo para unos y otros. La auténtica evaluación literaria, solo es cuestión de tiempo.

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