La ciudad y los días

carlos / colón

Augur Petrus Sánchez

ANTEAYER, Pedro Sánchez reconoció que no tiene fuerza parlamentaria para constituir un gobierno monocolor. Rápido que es el hombre. Y listo. Capaz de interpretar con precisión de relojero la voluntad de los ciudadanos: "Lo que los españoles han expresado en las urnas es que el Gobierno no sea partidista, que no sea monocolor, que no sea solamente de izquierdas sino que sea con distintas formaciones tanto en el centro-derecha como en la izquierda". Esta capacidad de interpretación, que supera la de los augures romanos hurgando en las tripas de un bicho, es común a todos los políticos cuando no hay mayorías absolutas. Pero Sánchez lo ha llevado a cotas hasta ahora desconocidas.

Con un aire imperial que puede recordar a John Gavin haciendo de César en Espartaco, y despreciando la obviedad de que los ciudadanos votan a un partido esperando que gane, el bello Sánchez ha descubierto que en realidad los votantes tienen la suprema inteligencia de ponerse de acuerdo para que las urnas les den un Gobierno no partidista, no monocolor y un poquito de izquierdas, pero no demasiado, en el que se integren el centro izquierda, el centro derecha y la extrema izquierda. Olé.

Resulta que los votantes del PSOE, de Ciudadanos y de Podemos no querían que ganaran sus partidos, sino que obtuvieran el exacto número de diputados que permitiera que Sánchez fuera presidente (cosa por lo visto no deseada por los votantes socialistas, que por eso le dieron el peor resultado de la historia, pero anhelada por los de Ciudadanos y Podemos). Como si el resultado electoral hubiera sido cuidadosamente planificado por la totalidad de los votantes previamente puesta de acuerdo. Porque no se trata sólo de que no haya mayorías absolutas, sino de las exactas proporciones que debían arrojar los votos, previstas milimétricamente en una alquimia electoral que debía dar el resultado que Sánchez interpreta ahora con exactitud.

Sus votantes no querían que el PSOE ganara, sino que sacara 90 diputados, ni uno más ni uno menos, para forzarle a pactar con Ciudadanos y Podemos, cuyos votantes a su vez tampoco querían que ganaran sus partidos, sino que sacaran exactamente 42 y 40 diputados para que así la suma diera ese Gobierno formado por la proporción querida por una ciudadanía con más tino que aquel sheriff Buchanan que donde ponía el ojo ponía la bala.

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