Aquí hay Hay

La conversación nos vincula, lo contrario es un ruido insoportable que nos desquicia y nos entristece

A hay un hombre que dice Ay era uno de mis ejercicios de ortografía favoritos, porque a pesar de mi letra feroz –ayer y hoy– me encantaban los dictados. A base de repetir no se confunden ni ayes ni haberes y confío que, a base de bienacostumbrarnos, la cita del Hay Festival se nos convierta en un rito tan habitual como las torrijas en cuaresma, precuaresma y poscuarema. Este fin de semana pasado hemos vivido la segunda edición en Sevilla de un Festival que cada año me hacía envidiar a Segovia –donde se celebra desde 2006– por citar a una de las dos ciudades españolas de las quince que lo celebran en el mundo. La otra desde hace menos de un año es Sevilla. Hace tiempos se hizo en Granada pero se dejó caer, una lástima, porque la idea de un festival de la palabra es la esencia misma de nuestra cultura, de quienes hacemos foro de la misma calle, los bares, las casas. La conversación nos vincula, lo contrario es un ruido insoportable que nos desquicia y nos entristece. Insultos, bulos, consignas hueras, armas letales que convierten al otro en enemigo y en vencedor al que embarre más alto y con mayor ahínco. Las guerras han necesitado siempre un chivo expiatorio a quien odiar y alguien que las financie y saque provecho del horror. Poco más. Al final siempre mueren los mismos, la carne de cañón que ha renunciado a defenderse por atacar a otro. Pero las palabras nos salvan (y el silencio condena según el lema fundador de Médicos sin Fronteras, por cierto). Nos salva escuchar a Luis Mateo Díez y José María Merino hablar de la fabulación. Nos salva escuchar a una de las escasas mujeres que tiene el premio Pritzker, Ivonne Farrell, contarle a Martha Torné de cómo los edificios no existen sin nadie que los habite. Escuchar al pintor Miki Leal cavilar del arte como lengua de relación entre culturas. Escuchar la voz del cineasta Stephen Frears, acostumbrados a saber lo que ven sus ojos, pero no lo que dicen sus palabras. La conversación como un hilo que cose. En la última novela de Jesús Carrasco –Elogio de las manos– una hija lee a su madre, enferma y ciega, todas las tardes, en un patio donde también , a otras horas, juegan los niños y comen y charlan los adultos. El patio de una vieja casa recosida por manos hacendosas, pero sobre todo habitada por palabras. Revivida por palabras. Dice Farrell que cuando una ciudad es arrasada no sólo mueren sus habitantes del presente, muere también la huella del pasado, de los hombres y mujeres que la hicieron latir, crecer, ser. El Hay festival nació en Gales, su nombre no es una traducción del presente del verbo haber en español, pero curiosamente suena precisamente a eso. Hay. Si hay palabra hay vida. Ojalá Sevilla esté a la altura de la pasión que su directora en España, Sheila Cremaschi, le ha puesto. Ojalá lo estén las instituciones. Ojalá sigamos creyendo que las palabras nos salvan.

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