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Ignacio F. / Garmendia

Bárbaros

DADOS a las reconstrucciones escénicas y los panoramas espectaculares, los historiadores románticos recurrían a la imagen de los movimientos de pueblos para explicar los cortes entre periodos del pasado remoto, apoyados en evidencias no siempre sólidas o incluso puramente especulativas. Ya antes el gran Gibbon, cumbre del inglés neoclásico, forjó la imagen dramática de un Imperio asediado por los bárbaros que habrían corroído los cimientos de la antigua Roma hasta provocar su decadencia y la caída final, sumiendo a la latinidad en las tinieblas medievales. Pese a la falta de evidencias directas, la teoría de las invasiones era asimismo invocada por los lingüistas o los arqueólogos para explicar, por ejemplo, las diferencias dialectales en los territorios de la Grecia arcaica o la misteriosa oleada de destrucción vinculada a los denominados "pueblos del mar" en el oriente mediterráneo, que entre otros efectos indemostrables habría tenido el de sepultar el esplendor de la civilización micénica.

No es que no haya constancia de tales movimientos desde el origen de los tiempos, pero la historiografía moderna se muestra mucho más cauta a la hora de analizar las oleadas migratorias y su incidencia en la vida de las poblaciones de llegada. De algún modo, sin embargo, en el imaginario occidental ha pervivido la idea que asocia la afluencia de gentes extrañas a toda suerte de desastres, eficazmente aprovechada por quienes llaman a la defensa de las raíces amenazadas por la contaminación de elementos indeseables. Percibidos como un peligro, los emigrantes o ahora los refugiados son identificados como invasores que vienen a perturbar la seguridad y el bienestar de las sociedades europeas, cada vez más atrincheradas y recelosas y por lo demás incapaces, si no es por medios que transgreden notoriamente sus principios, de contener a los ejércitos o legiones de menesterosos -el lenguaje no es inocente- que se acumulan a sus puertas. Un miedo atávico e irracional, explotado por los desalmados que predican el encastillamiento, late tras la deformación que presenta como hordas agresoras a la multitud de los desposeídos, que buscarían infiltrarse en nuestro mundo para esquilmarlo o corromperlo desde dentro. Lo verdaderamente peligroso, por el contrario, sería que Europa renunciara a ejercer el imperativo ético de la solidaridad y se desentendiera de la suerte de todos esos miles de personas que nos interpelan desde los telediarios. Quien lo llame sentimentalismo, es el que merece el título de bárbaro.

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