El medio centro

Carlos Izquierdo

Benditos aburridos

Es precisamente esa idea del aburrimiento la que muchos escupen para ocultar su propia impotencia

LA situación se suele producir en casi todo el mundo, pero ocurre con especial reiteración en España. Se trata del menosprecio de la excelencia por sí misma. Suele ser un paso anterior a la envidia y al insulto puro y duro, pero no por tener un menor grado deja de ser una mezquindad por parte de quien lo practica.

La cuestión es bien conocida y no es más que rebatir el éxito, sin argumento viable alguno, del que se lo ha trabajado durante toda su carrera y alcanza un máximo grado en su especialidad y su carrera. El caso no es nuevo, se viene produciendo desde hace mucho tiempo, pero el hecho de que el deporte español haya experimentado un crecimiento sin igual en el mundo ha elevado el factor a la enésima potencia.

No es complicado recordar cómo a finales de los 80 se menospreciaba el juego y las cinco Ligas de la Quinta del Buitre con argumentos tan sólidos como el de que el resto de los equipos no tenían nivel. Tampoco es difícil rememorar cómo a esa misma gente les aburría que Miguel Induráin sometiera a sus rivales Tour de Francia tras Tour de Francia.

Es precisamente esa idea del aburrimiento la que muchos escupen para ocultar su propia impotencia. Bien es cierto que el tema se ha rebajado con Fernando Alonso -es de suponer que porque ya no gana y muestra las mismas debilidades que sus críticos, sólo que éstos no pueden evitarlas por mucho que lo intenten-, pero parece extralimitarse con el Fútbol Club Barcelona y con Rafa Nadal. No hay más que ver un partido excelso del equipo de Guardiola o una victoria terrible del tenista manacorí para que salga alguien por detrás a decir que es muy aburrido ver a unos y a otro, que la cosa ya no tiene emoción. Malditos necios los que consideran aburrida la belleza y el buen hacer y benditos aburridos los que consiguen emocionar con una simple triangulación o un revés liftado.

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