Baja Temeraria

Besos al pan

Se trataba de volver al pan, cocinado con trabajo y amor, como los libros de Grandes, que vivirán en nuestro corazón

Nunca pensé que estos besos sabrían tanto a sal. A sal de lágrimas y a sal de las salinas que tanto le gustaba mirar a Almudena Grandes, desde esa Rota adoptiva que fue su lugar en el mundo. La Rota del aborigen Felipe Benítez Reyes que, en lugar de marchar al foro, se trajo literalmente el foro literario a la puerta de casa: Ángel González, Benjamín Prado, Joaquín Sabina, Jesús Maraña, Ángeles Aguilera y como pioneros Luis García Montero y Almudena. Y Eduardo Mendicutti, Javier Ruibal y Juanjo Téllez desde otras esquinas de la misma bahía gaditana.

Prometo que es verdad: hace dos lunes empecé a escribir sobre un libro concreto de Almudena, pero se me cruzaron o Saramago o el baile y lo dejé para otro momento. Todo futuro es póstumo, hubiera dicho Cioran -porque le pega- pero nunca imaginé que tan doloroso. Se acercaban los Black Friday, y las compras navideñas y yo me acordé de Los besos al pan. Un libro que la escritora -todo carácter, no había más que escucharla un poco, y también todo corazón, no había más que escucharla otro tanto- decidió publicar por un ataque de compromiso moral en plena angustia de la crisis de 2008. Aparcó por un tiempo su celebradísima saga sobre la guerra civil española -andaba con la documentación de los pacientes del doctor García- para asomarse a su barrio -a su país- y contarnos. Vivíamos -no hace tanto, sólo la pandemia nos lo ha hecho olvidar- los estragos de un sistema financiero y económico que había volado por los aires, con la amenaza de un Estado del bienestar carcomido en sus cimientos, con las sirenas apocalípticas anunciando el fin de la clase media y el fallo mecánico del ascensor social. Y en medio de ese monumental bochinche, Grandes volvió su pluma a la gente corriente, esta vez sus contemporáneos, sus vecinos: la señora que oculta sus números rojos, la que le pide prestado a la asistenta que no tiene dada de alta, la peluquera que no tiene papeles, el ejecutivo que comprende que de ser algo es un ejecutado, la familia que ya no veranea. Y al pan. Vuelve la vista a ese pan que abuelas y madres de la posguerra besaban como se besa a un hijo. No se trataba, nos dijo la escritora en una Plaza Nueva abarrotada, de hacer apología de la miseria o de emular la carencia como virtud. Se trataba de conservar lo esencial, de defender la salud y la educación como el oro del Dariel sin tener la tentación de cambiarlo por la quincalla del consumo inútil y devorador. Se trataba de defender la austeridad frente al austericidio. De desalojar -como hemos hecho muchos en el confinamiento- de lastre los armarios y de futilidades las angustias. De volver al pan, cocinado con trabajo y amor, como los libros de Grandes, que vivirán para siempre en el corazón de nuestras estanterías, en nuestro corazón.

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