La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Blanco brote en San Juan de la Palma

La gloria germinada en el año brota en el blanco despuntar del Domingo de Ramos en San Juan de la Palma

La Semana Santa crece a lo largo de todo el año, bien plantada en la tierra de la cotidiana gestión de las hermandades, en las misas diarias ante las sagradas imágenes, en los cultos extraordinarios -triduos, quinarios, septenarios, novenas, besapiés, besamanos- que recorren todo el año, no solo los meses de la luz creciente, desde el primer besapiés tras la Semana Santa, el del Cachorro el Domingo de Resurrección, al último de las Esperanzas. Lo que concentra miles de nazarenos y cientos de miles de espectadores en las calles durante la Semana Santa es, y conviene no olvidarlo y agradecerlo, obra de unos pocos cientos de cofrades que trabajan en sus hermandades todos los días del año.

Llega enero y con él el primer quinario del año, el del Señor del Gran Poder, y de esa tierra empiezan a nacer brotes. Son cultos como los que se suceden a lo largo del año, pero tienen ya otro carácter. Hay algo que vibra en el aire, hay algo que crece en las memorias al mismo paso que crece la luz cada tarde, hay algo que se aguarda, que viene, algo cuyos pasos se oyen primero débilmente y después, conforme van pasando los días, cada vez con más fuerza. Son los brotes de la Semana Santa creciendo desde las entrañas de la ciudad -templos, casas de hermandad, memorias- como la frágil fuerza blanca de los azahares crece en los naranjos, primero botones verde oscuro entre jóvenes hojas verde claro, después botones blancos y finalmente, cuando la luz crece y el aire se entibia, la pequeña explosión de la flor blanca.

El Domingo de Ramos -o por mejor decir, por no molestar a nadie, mi Domingo de Ramos- ha echado su primer brote esta semana, con el quinario al Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes, y hoy, con la Función Solemne. Toda la gloria dolorosa del Domingo de Ramos, el poderío del paso llevado por Villanueva, el desgarro de Silencio blanco, el echarse encima del Señor desde la proa de su paso -como si buscara, como si se entregara-, la cadena de desprecios que doblegan su espalda sin vencerla -desde la mirada aviesa y a la vez asustada, de Herodes a las sonrisas de burla que intercambian los romanos y la mano que le empuja-, la vulnerabilidad de su gesto de víctima, la indefensa ternura de su mirada, esa gloria que ha germinado a lo largo de todo el año, brota hoy, en este blanco despuntar del Domingo de Ramos en San Juan de la Palma

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