De Bosnia a Marinaleda

En noviembre las chucherías navideñas están expuestas en los supermercados con dolorosa anticipación

El consistorio dice estar preocupado por la miríada de actos bulliciosos que se celebran en noviembre. La pandemia no ha acabado, pero hay ganas de roce sin complejos. El otrora mes de los muertos tiene una copada agenda de festines (regreso del Gran Poder a San Lorenzo, el Festival de Cine, el derbi Betis-Sevilla FC, el Sicab, el Monkey Week, la Carrera de la Mujer, un España-Suecia de fútbol, otra carrera popular por Miraflores).

Hace ya años que noviembre perdió su discreción en el calendario. El viejuno mes de las negras casullas, el de los cementerios, el de las misas por los fieles difuntos, todo ello, evocado en la intimidad, discurría discreto y sereno mientras la lluvia mojaba en silencio árboles sin hojas, lápidas y panteones y los puestos de castañas, ajenos al cambio climático, ponían su fantasía de humo de crematorio por plazas y calles concurridas. Desde hace ya años, en noviembre las chucherías navideñas están expuestas en los supermercados con dolorosa anticipación.

Somos del mundo de ayer. Nos gusta el catolicismo porque somos fieles al credo del rockero Silvio: "Soy tan católico que no me hace falta ni practicar". Nos agrada la liturgia de los fieles difuntos, de aquellos que han muerto en este mundo, pero no pueden disfrutar de la presencia de Dios por estar purificando, allá en el Purgatorio, los efectos que provocaron sus pecados. Excelsa literatura: el Purgatorio es otra de las ciudades invisibles de Italo Calvino.

Nos gusta visitar además los cementerios de todo lugar y de todo credo. La muerte es la única religión que compartimos porque nos iguala desde que nacemos. Días atrás visitamos varios cementerios de lápidas blancas de Bosnia-Herzegovina. En los túmulos de los musulmanes bosnios, como en los de los miles de caídos en la última guerra, se haya esculpido un versículo del Corán: "Y no digáis de los que han caído por la causa de Dios: 'Están muertos'. Al contrario, están vivos, pero no os dais cuenta". Hace un tiempo también nos dio por recorrer algunos camposantos de la provincia. Fue desde luego un tour menos multicultural. Junto con el poeta Manuel García y la pintora María Jesús Casermeiro, visitamos algunas fincas de muertos, entre ellas las de Marinaleda y Lebrija. Íbamos, aun con ceremonial respeto, a la busca de epitafios pintorescos, retratos ovoides de muertos, lápidas de estilo naif, ensaladas mortuorias (alguna que otra hoz y el martillo del PCE con la foto de un Jesús Nazareno). De Bosnia a Marinaleda la muerte se hereda. Podría haberlo escrito nuestro Rafael Montesinos.

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