VEO a Álvaro López de Goicoetxea un día sí y otro también. En todas las ediciones de los Telediarios. Desde Bruselas. Explicando la versión oficial de los hechos. Siempre la versión oficial. Sigo a Álvaro con una fidelidad inquebrantable desde hace años, y sin embargo me da a mí la impresión de que no me creo nada de lo que me dice. O lo que es lo mismo, le escucho como el que oye llover.

Y es que para mí los Álvaros López de Goicoetxea que en este mundo son (y a fe que hay unos cuantos en este ecosistema mediático, sobre todo en las televisiones públicas), de tan integrados que están en el sistema, han terminado por formar parte de él, como un todo indivisible. Álvaro no es el que cuenta la noticia. Álvaro no es el que desentraña, comenta, interpreta y actualiza lo que ha sucedido en Bruselas. Es mucho más sencillo que eso. Porque él es Bruselas. Él es prolongación del poder, uno de sus brazos, una de sus manos. Y por ello, sin ningún recato ni sentido de culpa, inmunizado después de tantos centenares de comparecencias iguales a sí mismas, Álvaro López de Goicoetxea nos apostilla la versión oficial de los hechos, todas las veces que hagan falta. Como un vocero. Como un pregonero vitalicio.

Sí. Son las cosas del funcionariado. También de eso que los más finos llaman tecnocracia. Del mismo modo que cuando la ministra de Fomento Ana Pastor, cuando recientemente fue a La Meca a visitar las obras del AVE se llevó una cohorte de periodistas que glosaran la crónica del viaje con fidelidad cortesana, Álvaro López de Goicoetxea ha sido designado portavoz oficial en nuestro territorio de eso que hemos convenido en llamar Bruselas. Poder, poder y más poder.

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