Para una chica rural como yo, las cabalgatas de "las capitales" tienen un esplendor sobrecogedor. De niña, ver en la tele el desfile de los Reyes Magos por las avenidas de Madrid, Barcelona o Sevilla me hacía creer en las ciudades como lugares prodigiosos y complejos, llenos de gente sofisticada. Por aquel entonces, padre salía en el pueblo representando al rey Melchor, subido a lomos de la yegua del panadero. La jaca, que tenía querencia, se paraba en seco en cada puerta donde a diario hacía el reparto, y no había modo de estremecerla. Había que hacer un tierno esfuerzo para fascinarse con aquello.

Hay entre las gentes de Sevilla -chicos y mayores- una afición a la Cabalgata más extendida y entusiasta que en otras ciudades principales. Más allá de lo puramente institucional y organizativo, llama la atención el calor popular, la participación del pueblo, la guasa tan grande. Al paso de la comitiva, riadas humanas ríen, claman o cantan; desde los balcones, algunas vecinas lanzan globos -y hasta caña de lomo he visto echar desde una casa principal, como si pasara San Antonio Abad por Trigueros-. Viendo esto, una llega a la convicción de que en Sevilla apenas existen verdaderos enemigos de las procesiones, aquí hasta el más anticapillita baila al son de las cornetas. En las comitivas pasan, cuales collegia romanos, las carrozas del Tussam, la de la Once, del reciclaje y hasta la de la Guardia Civil. El fragor beduino hace que recuerde, por analogía, a los mulatos y negros curros que tantos y tan propios y no menos procesionales hubo en Sevilla. Como en otras fiestas en el Sur, desde el Corpus al Carnaval, en muchos barrios organizan al día siguiente la versión chiquita. Y otra vez que salimos a poblar las calles. En la cola de la fastuosa comitiva, los operarios de la limpieza municipal van barriendo los papeles de envolver, el azúcar contra el suelo, los clamores del gentío. Sólo les falta -sería exacto y triste- ir apagando con un matacandelas las lucecitas de la calle.

Desde la antigua Roma, Sevilla ha procesionado. Sacaban a sus Venus -Santa Justa y Rufina la liaron parda al hacer añicos una de esas imágenes muy veneradas en Híspalis-, en los festivos se adornaban los balcones, transitaban por las bullas. Aquí hay un gusto endémico y atávico por el desfile y la calle, por lo efímero y cíclico, por la emoción colectiva. Quizá por eso la Cabalgata de Sevilla brilla especialmente, no sólo para los ojos atónitos de las niñas de la aldea.

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