Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Cadena trófica

LOS problemas -retos, en plan positivo- de España son dos: reducir el paro y reducir la deuda, sobre todo la deuda de las familias, excesiva y crónicamente apalancadas. Apalancarse puede ser una sana actitud doméstica en lo tocante al sofá. Pero es una práctica doméstica peligrosa cuando el apalancamiento es financiero: cuando uno contrata un préstamo para invertir en un bien. Por ejemplo, y masivamente en España, para comprar una casa. Aunque los españoles de a pie hemos asumido menos crédito desde 2008, y hemos reducido en general nuestra carga financiera, la devaluación del bien al que esos préstamos estaban adheridos -la vivienda- hace que la situación patrimonial media sea deprimente. Pasivo macizo, activo menguante. Devolvemos hipoteca, pero el valor de nuestras casas ha caído más que proporcionalmente. Además, la brutal destrucción de empleo en nuestro país desde que abrimos aquella puerta al abismo en 2007 no ayuda lo más mínimo al necesario recorte de la deuda familiar. Se da una paradoja en este juego de magnitudes económicas: la reducción de la deuda empresarial suele generar paro -en los últimos años, aquí, esto es indiscutible-, y la capacidad de amortizar de las familias se resiente: pez chico siempre pierde. Pero las empresas respiran. O dejan de respirar y se llevan la deuda al olvidado cementerio de empresas.

La deuda de mayor riesgo en España es la privada, aunque la pública crece. La privada empresarial tiene resortes para reducirse, mediante renegociaciones de los plazos o cuotas, o directamente comunicando al banco que la empresa no va a pagar, y a ver qué hacemos. Insistamos: la reducción de la deuda empresarial implica mandar a empleados a la calle. O dejar de invertir, que viene a ser lo mismo. El empleado despedido, entonces, se ve sin ingresos y con su deuda pendiente lozana como una lechuga recién cortada.

Como último eslabón de la cadena trófica económica, el particular sufre las consecuencias de la crisis de una manera mucho más cruel e indefensa que las empresas. Para los economistas ortodoxos, la dación en pago de los particulares no debe ser un derecho -de hecho, no lo es- como lo es de facto para las empresas. Que se condone mediante una quita parte de la carga pendiente para las familias también es anatema para la ortodoxia, aunque es sabido que la ortodoxia mete la pata ortodoxamente. Los economistas serios sólo dejan un churchiliano resquicio al saneamiento patrimonial privado: sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor. Una de tantas verdades de púlpito. Tan opinables.

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