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¡Cállese, señor Revilla!

Aquel lejano pero célebre “¿Por qué no te callas ” del Rey emérito es parte ya de nuestra educación sentimental

Suele repetir el escritor y sacerdote Pablo d’Ors, autor de Biografía del silencio, que el ruido es otra forma de terrorismo. En la era de la hiperconexión el ruido nunca descansa. Se expande informe y vario a la vez. Ruido mental a lo Ricky Rubio. Cháchara de tertulianos y todólogos. Zumbido de redes sociales. Programas de la tele que ladran mañana, tarde y noche. Quizá sea cierto que la vida es un espacio de ruido entre dos grandes silencios.

Incluso a hora temprana, el paseo matutino se convierte en un martirio de ruidos ya conocidos y padecidos. Podrá verificarlo el reo que viva en plena cárcel turística. Quiere decirse el casco histórico. La odiosa carretilla del reponedor para bares, hoteles y comercios nos saca de quicio y nos incita a querer perpetrar un crimen. La recogida mañanera de vidrios –véase Mateos Gago– provoca uno de los estruendos más horrísonos e inhumanos. Al pasar junto a una obra nos sobrecoge el ruido atroz de máquinas cortadoras, de la carga y descarga de materiales, de los obreros vocingleros que se llaman a gritos. En el entorno de la catedral, los coches de caballos provocan un aterrador retumbo entre su rodar sobre adoquines y el trote de los equinos. Las calles sinuosas y estrechas agudizan el ruido de motos y suicidas furgoneteros y nos predisponen otra vez al crimen cuando tocan el claxon por simple inercia malsana. Si nos da por desayunar (craso error), no cesa la conspiración en los bares. Los camareros se ensañan con el infame ruido de vasos, cucharillas, platos y platillos, a lo que se une el estruendo de la máquina del café, el arrastrar de sillas y taburetes, el vocerío de la clientela y, en general, la acústica infame del local. Y ni hablamos ya del ruido fiestero en versión weekend.

No sólo es hiperacusia. Uno cree padecer ya hasta de misofonía, que es esa intolerancia a cualquier sonido liviano en el ámbito doméstico. Todo alrededor es ruido y molestia polifónica. Encima hay que soportar también la cháchara ruidosa de quienes nunca callan y hablan con despiadada facundia en los medios. Miguel Ángel Revilla, ex presidente de Cantabria, es uno de estos habladores inmisericordes. Mañana asiste como invitado al foro España a debate que se organiza en Tomares. El ubicuo Revilla me resulta más que torturante. Lo será aún más después de que haya leído el libro de Dan Lyons que tengo pendiente (Cállate. El poder de mantener cerrada la boca en un mundo de ruido incesante). Aquel lejano pero célebre “¿Por qué no te callas?” del Rey emérito es parte ya de nuestra educación sentimental. Revilla no tendrá piedad.

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