Azul Klein

Charo Ramos

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Carmen Romero

En estos tiempos vociferantes, su discreción y su amor por la música y los libros resultan ejemplares

Durante años había sentido curiosidad por entrevistar o, al menos, tener la oportunidad de conversar con Carmen Romero. Entre 2006 y 2007, cuando volví a mi ciudad natal como jefa de Cultura de Diario de Cádiz, alquilé un pequeño apartamento con vistas a la Bahía que daba también a un edificio de la plaza de Argüelles donde ella pasaba temporadas, en la que fue la última casa del histórico alcalde anarquista Fermín Salvochea. En aquella esquina que era pura alegría y desde la que se veía zarpar los barcos de Rota a Cádiz, y viceversa, uno podía sentirse, como siempre dice el escritor Felipe Benítez Reyes, un veneciano cruzando el Canal. Jamás me crucé con Carmen Romero y tuvo que ser un periodista al que admiro, Antonio Yélamo, quien me hablara de su traducción de Artemisia, la novela de Anna Banti sobre la pintora florentina que ella no sólo había vertido a un español delicioso sino recuperado en un tiempo en el que la artista y la historiadora devenida novelista carecían de la merecida fama que hoy tienen en nuestro país. Resulta llamativo que en este mundo de egos desatados y ambiciones desmedidas la filóloga Carmen Romero lograra mantener su privacidad y preservar durante sus años en Moncloa ese tesoro de su inquieta cultura en una reserva de humildad de la que solo eran conscientes sus amigos y afectos. Todavía hoy, cuando se conversa con ella, que ha vivido en primera persona los acontecimientos decisivos de la historia de España desde los albores de la Transición, es frecuente que evite hablar de sí misma para interesarse por sus grandes amigos de juventud como Juan Alarcón, y elogiar a los que fueron sus compañeros en el conservatorio -pienso en Antonio Ruiz, alumno aventajado de la catedrática América Martínez- o a sus colegas de filología, por ejemplo María Isabel Cintas, junto a la que preparó las oposiciones de profesora de literatura. Romero sigue estando muy al día de lo que pasa en Sevilla -la compra de la casa natal de Luis Cernuda le parece esencial para ilustrar la relación de la ciudad con la Generación del 27- y también de cuanto se escribe para reivindicar la labor de las mujeres artistas. Con motivo de la entrevista que publicamos hace un par de semanas tuvo tiempo de recomendarme diversos títulos de Estrella de Diego, incluido su prólogo a la edición en Cátedra de las Cartas de Artemisia precedidas de las actas del proceso por estupro, y analizar la pertinencia de trabajos recientes. Creo que le gustará saber que su paisano Manuel Jesús Roldán ha decidido divulgar esos logros escribiendo para el sello El Paseo una Historia del Arte con nombres exclusivamente femeninos. Sirva esta columna para recordar, en estos tiempos vociferantes, a una mujer culta nacida en Sevilla que ha hecho bandera de su discreción, su amor por los libros y la música.

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