QUE Casados a primera vista es un programa de entretenimiento ideado para atraer al máximo número de espectadores no es ningún secreto. Los candidatos que acudieron al casting sabían a lo que iban. Conocían por igual las reglas del juego televisivo, la guerra de audiencias, la sobreexposición que supone comparecer en un programa de prime time en una cadena generalista, las consecuencias de airear su situación personal ante millones de espectadores.

Todo eso es cierto. Pero no lo es menos que el perfil de aspirantes a este formato poco tiene que ver con el de quienes acuden al Gran Hermano. Tampoco me atrevo a comparar a los candidatos de Casados a primera vista con los de Adán y Eva, pese a que en ambos formatos se busque el mismo objetivo.

Y digo que no es lo mismo porque en el caso del programa estrenado por Atresmedia la noche de los lunes me da la impresión de que los aspirantes lo son de verdad. Que se trata de personas a las que la vida no ha tratado demasiado bien, y puesto que a estas alturas piensan que tampoco tienen mucho que perder, se han atrevido a afrontar el reto de la sobreexposición "por si acaso" suena la flauta. Puedo pecar de ingenuo, pero me parece que a cambio de unas vacaciones en Cancún nadie se mete en semejante berenjenal. Salvo que se haya probado el sabor de la derrota. Sí, me sentí incómodo asistiendo a esas dos noches tan embarazosas. Me creí la tensión. Me creí la nobleza de ellos y la ilusión de ellas al tratar de agarrarse a ese clavo ardiendo que les puso en bandeja una cadena. Pero la sensación que me queda después de los dos primeros programas es que el "experimento" resulta demasiado cruel.

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