Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Cascotes

EN Asturias hay revuelo con el affaire Álvarez-Cascos. La oficialidad popular quiere desalojar de sus puestos a quienes se mantienen fieles al ex secretario general del partido. Hablan de sus "poltronas cínicas" y recuerdan lo que cada una de ellas cuesta a los asturianos, que es igual, claro, al coste de la poltrona fetén. El término poltrona, con un sentido despectivo, lo emplean los políticos cuando se descarría alguien de los suyos, porque, en el resto de los casos, supone, con prebendas y coche oficial, si lo hubiera, un atributo de la dignidad política…

El asunto Álvarez-Cascos -si hablamos de "poltronas cínicas", más preocupante es el de Fabra-, pone de relieve la crisis moral de nuestra política y la degradación de la representatividad. Con una economía caída, los espectáculos tribales, donde prevalece el capricho de los señores de la política, orientan poco sobre la capacidad o voluntad de éstos para resolver los problemas del país. Es más fácil conocer, fruto del despecho, miserias internas que estrategias de gobierno, juegos de poder que esfuerzos aplicados a la acción política. Siempre, claro, que no se entienda la política como un espacio autorreferente para pandillas o peñas de afiliados.

Los hechos, por más que los populares se empeñen en señalar los juguetes rotos del socialismo, hablan de una crisis de todos. Después de tres años de recesión, se desconoce un solo revulsivo capaz de abrir la esperanza de una población que ve mermar ingresos y derechos. Mientras, han aflorado más que nunca corruptelas y miserias. Como si los apoltronados se hubiesen confundido de oficio.

Se puede pedir un Congreso extraordinario para entronizar a un jefe político, pero no hay voces que reclamen un encuentro para debatir, fuera de las milongas de la propaganda, los problemas reales de la nación o de la comunidad. Y todos, sin excepción, arriba y abajo, dicen que lo están haciendo estupendamente bien, incluso aquellos inútiles que acentúan su perfil plano para no poner en riesgo la susodicha poltrona…

La batalla asturiana nos muestra las claves del cortejo. Expresión de una crisis que es anterior a la económica. Por ello, lo primero es lamerse las heridas e intentar jugar al futuro en la suerte de urnas. Y no es ésta una visión nihilista o con un sesgo ácrata, porque hasta ese extremo se desvirtúan las opiniones que únicamente piden el rescate de la política. Decepciona, cuando se hacían rogativas por una tormenta de ideas, que arrecien sobre el país los cascotes del derribo…

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