¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Chavela en el Lope

Fue Manuel Arroyo Stephens el que rescató a Chavela Vargas del olvido, y lo hizo en Sevilla

De Sevilla decía Manuel Arroyo-Stephens que era la ciudad más divertida de España. El fundador de la editorial Turner y autor de Pisando ceniza, un libro sobrecogedor por su hondura y verdad, tenía una indiscutible simpatía por la capital del Guadalquivir, algo en lo que sin duda influyó su gran afición a los toros y su amistad con Alberto González Troyano, personaje que aparece en algún que otro relato de su cortísima obra literaria. A Sevilla siempre se la nombra con admiración en las páginas de Arroyo-Stephens, incluso como ciudad salvífica a la que se peregrina para ver a Rafael de Paula -torero del que llegó a ser apoderado- o para reflotar a una antigua gloria de la canción mexicana, una lesbiana brava y pistolera que rasgaba las almas con su canción macha y llorona. El redescubrimiento de Chavela Vargas en los noventa se suele atribuir a Pedro Almodóvar, pero fue Arroyo-Stephens quien encontró a la vieja del poncho en El Hábito, un café-teatro de Coyoacán, al sur del DF. Ese verano se lo pasó el editor yendo todos los viernes a escucharla y a mamarse a golpe de caballitos de tequila. Ya se lo había dicho su preceptor en el país azteca, el pintor Castañeda, apócrifo barón de Beltenebros: "Para comprender México hay que estar todo el día borracho". Lo cuenta en Mexicana (Acantilado).

Manuel Arroyo-Stephens consiguió traer a Chavela a Madrid, a cantar en la sala Caracol, un garito flamenco muy de moda por entonces. Pero no fue hasta sus dos actuaciones en Sevilla cuando Chavela Vargas cogió el cohete que la devolvería al estrellato. El método fue fácil y latino: el editor llamó a Soledad Becerril, su antigua compañera de universidad, quien le buscó un hueco en la programación del Lope de Vega. A Chavela la alojaron en una finca a las afueras de Sevilla -hubo un momento en que creyó que estaba secuestrada entre melocotoneros- y, cuando preguntó a los técnicos del Lope por el sonido, estos se encogieron de brazos y dijeron que de eso allí no había, que aquello era un "teatro de ópera" (sic). Sólo la intervención prodigiosa del Loco de la Colina -quien a cambio sacó una interviú en exclusiva- permitió que Chavela demostrase al público sevillano que no había voz con más cicatrices al sur de Río Bravo y que para cantar bien a José Alfredo no hay mejor receta que cuatro puñaladas traperas en el alma y un disparo a bocajarro en las cuerdas vocales. A partir de esas dos noches en el Lope, Chavela volvió a sentarse en su trono del parnaso azteca y Sevilla siguió siendo esa ciudad divertida y un poco desastrosa que tanto gustó a Manuel Arroyo-Stephens.

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