EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Colillas

HOY he visto una escena de la postguerra: un adolescente, en la calle, se ha agachado a coger una colilla y luego se la ha guardado en el bolsillo. El adolescente iba con su madre, que no le ha prestado atención, quizá porque no lo ha visto, o quizá -y esto me parece más probable- porque la mujer prefiere no saber la clase de cosas que hace su hijo y se ha acostumbrado a mirar hacia otro lado. Puede ser que el adolescente haya cogido la colilla por capricho, y no porque pensara fumársela (¿no nos habían dicho que los adolescentes ya no fuman?), pero quizá esta imagen sirva para definir lo que está pasando. En la postguerra se inventó un artilugio que servía para coger colillas sin necesidad de agacharse: era un alambre terminado en un gancho. Mi abuelo me contó que ibas por la calle y veías a mucha gente -sobre todo jóvenes, pero también hombres mayores- peinando las aceras y los bordillos en busca de colillas. Y con las pocas hebras de tabaco que conseguían rescatar en las aceras, esos buscadores de colillas se liaban sus propios cigarrillos o fabricaban los que luego se vendían en los tenderetes callejeros.

Las cosas, por fortuna, no están llegando ni de lejos al grado de penuria que se vivió en la postguerra, pero la imagen del adolescente agachándose a coger una colilla me ha llamado la atención. Sobre todo porque la mayoría de adolescentes ha vivido convencida de que todo podía malgastarse, porque todo podía reemplazarse o comprarse en algún sitio. Y cuando digo "todo" no sólo me refiero a los objetos de uso diario, sino a los sentimientos y a los afectos que cuesta mucho tiempo afianzar, como la lealtad o la confianza o la amistad, y que ningún dinero podrá comprar nunca, sino más bien todo lo contrario. Pero los adolescentes han crecido en un mundo en el que todo, incluso el afecto o el amor, se consideraba un objeto desechable que podían comprarse en una teletienda. Y lo que se tiraba al suelo, jamás podía volver a utilizarse.

Lo malo del caso es que hoy en día toda la población es en mayor o menor medida adolescente, porque todos estamos acostumbrados a que nos traten como si fuéramos adolescentes caprichosos (los políticos se ocupan de ello, por supuesto). No sé si vuelven los malos tiempos en que habrá que rebuscar las colillas en las aceras, pero sí sé que han vuelto los tiempos en que no se puede vivir confundiendo lo que es real y lo que no lo es. Hace falta que alguien nos diga qué pasa, y qué hay que hacer, si es que se puede hacer algo. Incluso agradeceríamos que nos dijeran que no se puede hacer nada porque nadie está en condiciones de manejar una crisis planetaria. No sé. Lo que nos gustaría es que alguien nos dijera qué está pasando, en vez de improvisar excusas y trapisondas y mentiras.

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