La tribuna

josé María Agüera Lorente

Desigualdad

LOS estados miembros de la OCDE viven la mayor desigualdad entre ricos y pobres en treinta años", lee el ciudadano arquetipo en el diario del desayuno; y un eco mimético repite la noticia en el informativo radiofónico del mediodía, el mismo que rebota y reverbera contra la pantalla del televisor a la hora del telediario de la noche, cuando la cena preludia el derrumbe físico que le llevará hasta la cama. Y antes de cerrar los ojos y perder la consciencia -con suerte- probablemente pase por su confuso entendimiento la idea de que esa aseveración de la OCDE, quintaesencia de un costoso estudio, era para él una evidencia patéticamente experimentada hace ya tiempo.

Es verdad que el dichoso informe proporciona la supuesta objetividad de las cifras, y así llena de razón matemática a los escépticos (hay algún presidente de gobierno de un país que nos queda muy cerca que prefiere el calificativo de "tristes") con respecto a las bondades sociales intrínsecas al crecimiento económico, advirtiéndonos de que el 10% más rico de la población gana 9,6 veces más que el 10% más pobre, cuando en los años ochenta del siglo pasado eran siete veces más, no habiendo parado de crecer la economía desde entonces. Una de las creencias, precisamente, de la ideología neoliberal que pasa por hecho irrefutable es que el crecimiento económico es como la corriente de agua que a través de la acequia inunda con su bondad, si el volumen es suficiente, hasta el último rincón de las tierras sedientas, sin necesidad de más. Tesis del "goteo" o "derrame", un mito según el cual el crecimiento económico se basta y sobra para erradicar la pobreza.

Sin embargo, tal creencia no parece estar avalada por los datos que la historia nos proporciona, como demuestra el economista francés Thomas Piketty en su libro titulado El Capital en el siglo XXI. Sobre la base de una rigurosa recopilación de datos acerca de la evolución de la riqueza de varios países -principalmente Francia, Alemania, Gran Bretaña y Norteamérica-, y un cuidadoso análisis de los mismos sostiene Piketty que no hay determinismo económico -como el del mero crecimiento- que dé satisfactoria explicación de la historia de la distribución de la riqueza. Los registros representan una reducción de la desigualdad en los mencionados países en el entorno cronológico de las dos grandes guerras del siglo XX que tuvieron un impacto político que obligó a la práctica de políticas favorecedoras de la convergencia (reducción de la desigualdad). Y han sido las vigentes políticas económicas neoliberales, sobre todo en materia fiscal y financiera, las que marcan ese punto de inflexión del decenio 1970-1980 en la evolución del reparto de la riqueza, la cual pasa de dirigirse hacia la convergencia a poner rumbo hacia una creciente divergencia (los ricos, más ricos; los pobres, más pobres) que ahora revela el último informe de la OCDE, institución nada sospechosa de querencias marxistas o ínfulas intervencionistas en la economía.

Se requeriría, en consecuencia, una decidida acción política para corregir las tendencias desestabilizadoras y no igualitarias, éstas últimas las predominantes. Si no se hace así el pronóstico de Piketty es que "las fuerzas de divergencia serán las dominantes en la cima de la jerarquía mundial de las riquezas"; siendo posible que el milésimo superior (uno de cada mil) de la humanidad llegue a poseer el 60% del total de la riqueza. ¿Pueden los estados democráticos asumir esta creciente desigualdad sin sufrir una crisis social de graves consecuencias?

Parece razonable tomar decisiones políticas para que el crecimiento económico conlleve prosperidad para todos. Si no, el título del referido informe de la OCDE, que no es otro que Juntos en ello, podría ser interpretado como una burla, cuando no tenido por una desgraciada expresión de cinismo, aunque sea involuntaria. Hay que rectificar, pues, el rumbo tomado a partir del decisivo decenio 1970-1980, utilizando los impuestos como mecanismo corrector de desigualdades, y no como mercancía electoral con tufillo demagógico prometiendo bajarlos casi siempre. Juego irresponsable, ya que es la justicia la que debe inspirar la política tributaria; y no lo hace cuando Warren Buffet, el tercer hombre más rico del mundo, denuncia que sus impuestos equivalen al 17,7% de la base imponible de sus ingresos, mientras los de su recepcionista suponen el 30% de los suyos. Es decir, que el beneficio financiero es, en general, mejor tratado fiscalmente que el obtenido del trabajo. Perseverar en esta dirección de divergencia de los segmentos extremos de riqueza no es inteligente, pues incide en la desintegración de la sociedad. Dicho de otro modo: sin impuestos justos no hay civilización.

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