Crónica personal

Pilar Cernuda

Diplomacia pública

SE reúnen estos días en Madrid los embajadores españoles distribuidos por todos los rincones del mundo, que han mantenido encuentros de trabajo y recepciones con las más altas instituciones del Estado, no en vano a ellos cabe la tarea de defender y explicar en el exterior la imagen de España, sea cual sea su gobierno. Ellos son ellos, los que mejor conocen los intereses de España, y son ellos, los embajadores, los que ponen cara y ojos a la política exterior. Una política que marca el Gobierno y en la que el Rey coopera hasta extremos que la mayoría de los españoles no puede ni imaginar.

Los embajadores españoles han analizado en estas reuniones lo que se llama "diplomacia pública", cómo potenciar un país en el exterior a través del trabajo conjunto de gobernantes, oposición, empresarios, banqueros, sindicalistas y periodistas, todos con el mismo objetivo, moviéndose en la misma dirección. Sólo así, en equipo, se pueden borrar errores del pasado, "vender" la imagen de un país, de su gente y de sus dirigentes, y conseguir una posición más cómoda, incluso protagonista, en el escenario internacional.

La Transición fue una de las etapas más gloriosas de la historia de nuestro país, pero si además fue un ejemplo fuera de nuestras fronteras, donde siguieron con asombro los avatares de transformar cuarenta años de dictadura en una democracia plena en sólo año y medio de plazo, hay que buscar la razón en esa diplomacia pública en la que participaron desde don Juan Carlos hasta el último funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores.

Vivimos tiempos revueltos en los que el papel de España se ha quedado desvaído en algunos asuntos, no contamos con el protagonismo de otros tiempos en la Unión Europea o América Latina, y no siempre se han cumplido nuestros objetivos. Ha habido importantes fallos políticos y además es un hecho evidente que el presidente, al menos hasta su reelección, ha mostrado un interés por la política exterior manifiestamente mejorable, aunque en los últimos tiempos ha cambiado de criterio e incluso quiere crear un organismo en el que tengan cabida personalidades de muy distinto signo y dedicación para que sumen esfuerzos y la imagen de España en el mundo sea cada vez más atractiva.

Los fallos evidentes, o el desinterés, de Zapatero, ha tenido su contrapunto en quienes nos representan en otros países, en los embajadores de España. No puede sorprender, por tanto, el interés de las reuniones que han celebrado estos días, donde escucharon y fueron escuchados, y donde han tenido oportunidad de cambiar impresiones con personas de la máxima relevancia.

No miremos con desdén a los diplomáticos: son nuestros principales defensores en el exterior.

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