UN Pedro María Olano que parecía sólo aquel miembro de Batasuna que amenazó de muerte a la alcaldesa de Lizartza (Guipúzcoa) en 2007 ha sido acusado por la Guardia Civil de ser también activista de ETA, dedicado a transportar explosivos de Francia a España para el suministro de los comandos etarras, y de participar asimismo en la entrega del misil con el que pretendían asesinar al presidente del Gobierno en 2001 (Aznar).

Son hechos del pasado reciente. Por el contrario, los dos etarras detenidos en la madrugada del domingo en Portugal tras abandonar una furgoneta con armas, explosivos y material para fabricar coches bomba y bombas lapa tenían proyectos de futuro: instalar en tierra portuguesa una base logística del terror desde la que viajar a España, atentar y regresar a un sitio donde la presión policial y social es inferior a España y Francia. No es la primera vez que lo intentan.

En ETA pasado y futuro se confunden. Su designio criminal funciona lo mismo en dictadura que en democracia, contra gobiernos de izquierdas y de derechas, con pactos nacionalistas y sin ellos, con el PNV gobernando en Euskadi o en la oposición... Hasta ahora ha funcionado también, siempre, la posición subordinada y lacayuna que las sucesivas formaciones políticas abertzales (Herri Batasuna, Batasuna, Euskal Herritarrok, PC de las Tierras Vascas, etcétera) han asumido con respecto a la banda. La bomba manda sobre la política, no como en Irlanda del Norte con el IRA.

De vez en cuando, en momentos de debilidad de ETA, vuelve a especularse con la posibilidad de que los radicales vascos convenzan a los terroristas de que abandonen las armas en vista de la inutilidad de cuarenta años de violencia (fíjense: no es que a algunos les parezca malo matar al adversario, sino que lo creen ineficaz para los fines perseguidos) o, en su defecto, se independicen de la tutela de ETA, condenando el terrorismo y participando en el juego político únicamente con sus ideas racistas y ansias independentistas. Nunca consiguen lo primero ni hacen lo segundo. Ni siquiera ahora que esa sería su última oportunidad de presentarse a unas elecciones, volver a los ayuntamientos, salir en los medios públicos y vivir de la política.

Yo creo que es por miedo. Ahí está el caso de Arnaldo Otegi. Hace dos semanas escribió en carta a un preso de ETA que "quien se resiste a dejar la violencia o no está en sus cabales o trabaja para el enemigo". Ha bastado que ETA represalie a los presos que rompen su disciplina, ordene movilizaciones al resto y prepare atentados de ruptura de la falsa tregua que mantiene para que Otegi rectifique y niegue haber escrito la misiva. Con este pánico a la ira del hermano mayor desobedecido poco hay que esperar de los batasunos.

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