¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Educación para la ebriedad

Gran parte de las medidas contra el botellón eran auténticas chorradas, de ahí su fracaso

Fue el melifluo Enrique Tierno Galván quien dijo aquella frase culmen del populismo buenrollista: "El que no esté colocado, que se coloque… Y al loro". Eran los años de la Transición y los políticos peloteaban a la juventud riéndole todas las gracias. Aquellos años de grandes conciertos municipales y un camello en cada esquina supusieron el hacinamiento de la francachela, la masificación de la ebriedad. Atrás quedó la parranda como ejercicio privado que se desarrollaba en ventas, tablaos, colmados, bares y clubes. Las cutres juergas de señoritos, con sus huevos fritos, sus cañas de manzanilla y sus gitanas bravas, parecen hoy un dechado de glamour al lado de esas hordas de hormonas ahítas de brebajes energéticos mezclados con vodka, bebida propia de los cosacos rojos de Bábel. Lo comprobamos una vez más ayer, cuando paseábamos cual Dirck Bogarde por el parque Celestino Mutis, entre tipuanas y acacias de Constantinopla, y se desplegó ante nosotros un gran manto de porquería bordado por los retoños de los barrios vecinos: botellas, latas, cajas de pizzas y montañas de cáscaras de pipas… Además de tarumbas, gorrinos.

Muchos se preguntan por qué el Ayuntamiento no ha conseguido acabar con las botellonas, vocablo innoble donde los haya. Quizás se deba a que sus propuestas alternativas, como esa de crear campos de deporte con bares libres de alcohol, eran auténticas chorradas. La búsqueda de la ebriedad y de los cuerpos es consustancial a la juventud. Es ley que no podrá abolir ningún concejal.

Uno de los problemas actuales es que se ha fomentado la clandestinidad del consumo. Es absurdo, por ejemplo, que hoy esté prohibido que un adolescente se tome un vaso de vino con su padre. Más cuando sabemos que, en cuanto salgan por la puerta, el atolondrado joven se convertirá en un vikingo feroz dispuesto a acabar con todas las reservas de alcohol de una gasolinera. No se trata de educar al mocerío en una mentalidad prohibicionista que acabará naufragando en cualquier barra, sino de enseñarles a disfrutar de los placeres con inteligencia. Si en los colegios se enseña sexualidad, ¿por qué no crear una asignatura para la ebriedad? El profesor les podría hablar de la belleza de las soleras o del olor umbrío de las bodegas de Sanlúcar; también fomentar una cierta elegancia en el consumo, la huida de la masa amorfa del botellón para buscar la exclusiva compañía de un puñado de buenos camaradas, verdadera antesala del paraíso cuando una botella bendice la unión. Finalmente sería importante que hiciese hincapié en el necesario aseo y urbanidad de todo buen bebedor. Los parques limpios, para que los cincuentones puedan dar su paseo matutino con plena satisfacción.

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