Sostiene el maestro Juan Martínez -aquel flamenco que, en la novela de Manuel Chaves Nogales, pasa el quinario en el Octubre Rojo y en la guerra civil rusa- que no es verdad que la revolución la haga el hambre: con hambre, apenas si se puede resistir. Eso mismo digo yo de la enseñanza y las calores. A 34 grados, en un aula llena de chaveas sudaditos, a ver qué chiquilla despeja ecuaciones ni qué profe explica la belleza de un oxímoron. Esas clases son un tostón, literalmente. Estudiantes, madres y padres, y profesores de escuelas e institutos de Sevilla y provincia están movilizándose por lo evidente (¡con el coraje que da luchar por lo evidente!): por el derecho a una educación para todos, obligatoria, gratuita y… posible. No se puede -ni se debe- enseñar ni aprender sin unas condiciones dignas. Rechistarán los nostálgicos del sabañón y la colleja (mientras mandan a Leopoldo a que les eche el toldo) que en sus tiempos se estudiaba con fatigas. Nos hablarán de pestañas quemadas a la luz de la vela, de libros de letra chica, del maestro que en clase se encendía un celta con la boquilla del otro, y de los negritos que tienen una vara por tiza y la arena por pizarra. Aprender en condiciones indignas no da mérito a quienes las padecen (antes bien, les restan posibilidades), sino demérito a quienes lo permiten. Yo no mandé a mis hijos a estudiar contra los elementos.

Una enseñanza edificante comienza por sus edificios, por la habitabilidad de los centros educativos. Cuando estos cimientos tiemblan, es imposible ejercer la docencia. Contemplo los antiguos colegios que siguen funcionando en mi barrio -construcciones airosas, de anchos muros, patios con la buena sombra de árboles y soportales- y coincido con Fampa-Sevilla cuando afirma que aquí tendríamos muchos motivos para ser referente de climatización bioclimática. Y ya ven cómo estamos. Es prioridad absoluta que las responsables de Educación garanticen -mientras se implanta, entre otros, el proyecto Escuelas Conectadas, con el que tendrán banda ancha ultrarrápida 732.057 estudiantes- que el alumnado no va a estar más, del sofocón, al borde de la alferecía.

Igualdad en la educación también es que quienes acuden al cole en Sevilla puedan estar tan frescos como calentitos están en clase los de Burgos, y que ello no dependa de que la Ampa pueda juntar para un ventilador. "El frío algunas veces es moral", escribió el poeta Tomás Segovia. Profundamente inmoral es el calor en este caso.

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