juan cartaya baños

Historiador

Estrellas en el cielo

Coinciden en Sevilla tres exposiciones memorables: 'Imago Mundi', el galeón 'Juncal' y Valdés Leal

Hubo un tiempo en el que el cielo de Sevilla se llenó de estrellas. No sóoo Velázquez, no solo Murillo, no solo Cervantes pisaron el suelo de esta ciudad ya entonces milenaria, vivieron o nacieron en ella; también otros astros de lo que fue la gran constelación que alumbró a esta Babilonia española. Así nos lo hizo saber Francisco Pacheco en su Libro de Retratos, en el que recorre el mapa estelar de la Sevilla de los siglos XVI y XVII, "con sus memorias, relaciones y eloxios, porque no se pierda memoria de tan insignes sujetos". Poetas, cronistas, músicos, pintores, teólogos y humanistas se agolpan a lo largo de sus páginas. Personajes menos conocidos como Luciano de Negrón, Bartolomé Hidalgo de Agüero o Pablo de Céspedes, además de figuras consagradas como Juan Martínez Montañés, Francisco Guerrero, Fernando de Herrera, Gonzalo Argote de Molina y tantos otros brillaron -y en no pocos casos refulgieron- en el cielo de la gran ciudad del Guadalquivir. Intelectuales de las academias de Mal Lara, del duque de Alcalá o de Arguijo, músicos y pintores llenaron sus calles y sus plazas de arte, de saber y de amistad erudita. E incluso Lope -no hay que añadir su apellido- comió en sus calles ese "pan de Sevilla regalado y tierno", mientras se educaba en casa de su tío. Como bien decía el poeta coronado, fuera "dichoso ochenta veces quien vive en Sevilla".

Una segunda ola siguió a esta primera: además de Murillo, Valdés Leal, Roldán o su hija Luisa la Roldana, mecenas como Justino de Neve o historiadores como Ortiz de Zúñiga dieron nuevo lustre, y de no menor magnitud, a un cielo al que ya le quedaba poco para apagarse.

Afortunadamente, tres exposiciones que coinciden actualmente en la ciudad nos lo recuerdan: Imago Mundi, en la sede del Cicus, en la que, entre otras muchas y maravillosas piezas, podemos contemplar el San Juan Evangelista que Montañés realizó para Santa Clara. La segunda nos trae el recuerdo de esas flotas de Indias que llenaron el Arenal de gentes, de oro y de riquezas: "Vienen de Sanlúcar/ rompiendo el agua/ a la Torre del Oro/ barcos de plata". Es en el Archivo de Indias, donde el galeón Juncal, nao capitana de la flota perdida en 1631, resucita en un paseo en el que podremos apreciar la complejidad de los engranajes que movían la Monarquía Hispánica, comandada por el también sevillano conde duque de Olivares. Y la tercera y última, la dedicada a Juan de Valdés Leal (1622-1690) en el Museo de Bellas Artes, en donde se nos muestra un consumado, y en no pocos casos poco conocido, catálogo de un autor que se sentaba en los cabildos de la hermandad de la Santa Caridad con Murillo y Mañara.

Son exposiciones para visitar y para recordar. Como es también para recordar nuestra Historia, escrita sin complejos en mayúsculas, y más aún ahora. Porque no olvidar -y eso deberían saberlo quienes mandan- es la clave para asegurar el futuro. Y estas tres muestras nos ayudan a comprender la gran urbe que fue Sevilla entonces. No olvidemos, pues, el tiempo mayor de nuestra ciudad: eso también es memoria histórica, pero esta sin dobleces, sin parcialidades y sin triquiñuelas.

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