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Flaubert y nosotros

La prédica retardaria de los etnicistas lo fía todo al más craso determinismo y niega la libertad del hombre

Alos dos siglos de su nacimiento, aquel genio de Ruan con aspecto de morsa melancólica es recordado, mayormente, como el autor de Madame Bovary, por motivos que a nadie se le escapan. Una mujer joven, embargada por el tedio rural (ahora diríamos la "Francia vaciada"), se arroja en brazos del adulterio y acaba destruida por las convenciones sociales. Sin embargo, hoy sabemos que el adulterio es tanto o más aburrido que el matrimonio -y desde luego, mucho menos dramático para sus practicantes- de modo que la modernidad de Bovary nos cae algo lejos, mientras que su Bouvard y Pécuchet aún sigue iluminando las oscuras sendas de la posmodernidad con su necedad laboriosa y acrisolada.

Al parecer, Flaubert quiso escribir su Salambó para dar "una idea del amarillo", y no sólo para evocar, Roma contra Cartago, la suntuosidad y el estrépito de la Antigüedad pagana. Este gusto por la Historia era hijo del Romanticismo y nieto de la Ilustración. Y es la Ilustración, precisamente, su caricatura espuria y convencional, lo que Flaubert ensaya con esos dos aficionados, resueltamente ignorantes, que se creen émulos del caballero De Jaucourt y no hacen sino revolver conceptos y legajos sin fruto alguno. De algún modo, la posmodernidad es heredera de Bouvard y Pécuchet, teorizando y generalizando con profusión, pero en sentido inverso al requerido. Donde antes se soñó la Igualdad, hoy se postula lo Idéntico; donde antes se dijo Fraternidad, ahora se prefiere el Particularismo. Esta minoración y victimización del individuo también cabe interpretarla desde el capital: los discursos de la identidad, el género, las razas, las etnias, etcétera, triunfantes desde los ochenta, entran perfectamente en el concepto de "nicho de mercado", de probada eficacia y rentabilidad, no sólo económica. O dicho a la manera apocalíptica y ahistórica de Bauman: son el hijo póstumo y más refinado del capitalismo.

Todo esto puede interpretarse, claro, como un triunfo de Herder contra Montesquieu, cuando se ríe de su "hombre universal", al que calificó de inexistente. Pero se trata justo de lo contrario. Herder concebía al hombre y a la historia matizados por las circunstancias. Montesquieu, sólo como un fruto anaerobio de sus leyes. De igual modo, la prédica retardaria de los etnicistas y particularistas de hogaño lo fía todo al más craso determinismo y niega la libertad del hombre; vale decir, niega la infinita capacidad de equivocarse de Bouvard y Pécuchet, mártires de lo posmoderno.

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