A estas alturas, lector, habrá usted comprobado ya si los Reyes Magos le han traído la tablet. Sin embargo, el bueno de Artur Mas tuvo a bien hace unos días anticiparse y regalar a quien quisiera oír una frase para la Historia (ahí es nada): "El pueblo catalán prefiere gobernarse a ser gobernado". Es la sentencia de un estadista, pero también mucho más: el lema encierra el ideal ilustrado, el quid de la ética aristotélica, la mejor definición posible de la moral autónoma de Kant y hasta, quién sabe, la apología de la desobediencia de Thoreau (borren eso, mejor no dar ideas). No puede darse aspiración más legítima que la identificación propia de los objetivos y la asunción personal de los medios para conseguirlos, sin imposiciones ni injerencias: lo que en algunos idiomas se llama madurez. Según la declaración de Mas, por tanto, Cataluña se gobernará a sí misma si entrega las riendas al Estado que emane de la Generalitat, pero será gobernada si es el Estado español el que sigue partiendo el bacalao. Y esta distinción responde a que el pueblo catalán, de nuevo según Mas, reconoce a sus instituciones autonómicas como propias y a las españolas como ajenas. Al final, volvemos a tener lo mismo: a un señor que no sólo habla en nombre de una colectividad, sino que se arroga el derecho de interpretar sus sentimientos con tal ardor.

El problema es que desde que a algún sabio anónimo le dio por dejar escrito aquello de "Conócete a ti mismo" en el templo de Apolo en Delfos hasta el Sapere aude kantiano, la humana criatura ha venido sospechando que el hecho de gobernarse depende más de la voluntad del gobernado que de la disposición del gobernante. Los horrores del siglo XX demostraron además que esta voluntad es un asunto profundamente individual. Albert Camus escribió en El hombre rebelde que la persona que se gobierna es la que dice no. Y hasta Saramago recordó que los buenos ciudadanos son los que no convienen a los malos gobiernos. Anarquistas y místicos supieron que no existe autoridad mayor que el gobierno de uno mismo, y Platón llegó a admitir que cuando se trata de gobernar a otros casi siempre hay que darse por contento con lo menos malo.

No sé si existe algo parecido a un pueblo catalán. Lo que sí sé es lo que vino a decir Nietzsche: no tenemos, ni más ni menos, que lo que nos merecemos. Si, como dice Artur Mas, los catalanes son gobernados, posiblemente ellos (como nosotros) se lo han buscado. Ofrecer otro Estado para que los ciudadanos cumplan el sueño de gobernarse es un truco demasiado malo. Pero allá los catalanes si se conforman con eso.

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