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rafael / sánchez Saus

Gran fiesta en Pujolandia

ESTOS días de septiembre, plácidos y ajetreados bajo la luz matizada, tan grata a los ojos, que anuncia el equinoccio, fueron y aún son en toda España tiempo de vendimia, de alegría y hasta de paz. Por desgracia, son también los elegidos para el akelarre que los posesos del separatismo se permiten desplegar, de forma más virulenta y agresiva cada año, desde Cataluña contra el resto de España. Hoy, 11 de septiembre, tras habérseles prestado estúpidamente tanta atención durante semanas, por fin nos descargan de una vez la apestosa regurgitación de sórdida hostilidad que los españoles nos hemos acostumbrado a sufrir cada año en el más estoico o canallesco de los silencios. Nuestra culpa es ser justamente lo que ellos no son y querrían, un pueblo, una nación de verdad que ha dejado su huella en la Historia, una de las pocas que han sido capaces de alumbrar toda una civilización original y perdurable. Por eso, para ser ellos algo que alguien se moleste en considerar, en su pujoliana pequeñez, han dado en el expediente tarugo de lanzar pellas de sus propios excrementos contra el gigante a cuya sola sombra, y chupando su sangre, son algo.

Silencio cartujano es la única respuesta de España a la pertinaz provocación consentida, promovida durante décadas de complicidad y de suicida permisión del auge de las pasiones y miserias que hoy nos estallan entre las manos como un amasijo inmundo pero reconocible. Un silencio apenas irritado que todavía no podemos saber si es admirable o miserable. La Historia nos juzgará del modo que acostumbra y nos dirá lo que hemos sido: si con él se lograra anular a la bestia, se dirá que fue una estrategia sublime, de gran visión. Si, como es de temer, esto acabara aún peor de lo que ya está, se nos aplicarán los más despectivos epítetos, y en su rincón de la Historia Rajoy rimará ya siempre con Godoy.

Este insufrible y artificial contencioso está diseñado a la catalana, de tal manera que, mientras dure, siempre son los demás españoles los únicos perjudicados. Muchos creen, parafraseando a Spengler y para poder seguir sin hacer nada, que a última hora será un pelotón de leguleyos el que salve a España. Pero la realidad creciente es que a lo mejor España no quiere que la salven hoy para ofrecerla mañana a la insaciable voracidad y al desprecio de quienes hoy, exactamente hoy, la ultrajan.

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