¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Guía de viaje por Temprado

La humanidad tiende a la cursilería como el universo a la entropía

La construcción del Teatro de la Maestranza para los fastos del 92 le dio al primer tramo de la calle Temprado un zarpazo de anodina modernidad. Suele ser Temprado una rúa de poco tránsito, sólo animada por la sucesión de entierros y bodas en la iglesia de San Jorge. Porque la lonja de la Caridad es un poco como un teatro alegórico del mundo, en el que no pocas veces se mezclan las pamelas y corbatas reventonas de una juventud con ganas de conga con los enlutados deudos de algún funeral o los hermanos acogidos que regresan con desdén aristocrático de sus mandados por el centro. Cierto que las espaldas del Maestranza son feas, pero también que, al pasear por su acera, a veces se produce el milagro de escuchar a alguna soprano calentando la voz, por lo que no es raro que a uno se le venga a la cabeza la figura de la divina Castafiore y, claro, todo se vuelve más amable y divertido. Por Temprado hay que caminar eligiendo bien el encuadre, centrándose en la elegancia clásica del edificio de Carlos III de las Atarazanas, memoria de una Sevilla ilustrada tan poco conocida, y, por supuesto, en la fachada-retablo de la Iglesia de la Caridad, con sus azulejos azules y dieciochescos, obras del trianero José García, vecino de la calle Larga, hoy Pureza.

Todo lo que es arquitectura triunfante en Temprado -que debe su nombre a un artillero liberal que murió luchando contras los carlistas- se convierte en intimidad y recato al llegar al jardincillo de Miguel Mañara, un claro ejemplo de que los ayuntamientos no tienen la obligación de hacer siempre las cosas mal y que, cuando se lo proponen, son capaces de generar espacios que sirven para hacer la vida más agradable a sus vecinos. A este pequeño parque merece la pena ir aunque sólo sea para presentar los respetos al olivo tricentenario que agricultores de Osuna donaron a la milenaria Archidiócesis de Sevilla, allá por 2007. Es toda una lección de vida ver su tronco viejo y torturado, más mineral que vegetal, contrastando con la pujanza de unas ramas que estos días ya están cargadas de aceitunas y de unas hojas de verde chaval. Cuando alguien quiera volver a dar la carga con la romanidad de Sevilla, que se acuerde de este árbol que lleva más latinidad en su savia cansada que todos los SPQR que procesionan en la ciudad. Nuestro Temprado acaba aquí, bajo los pies de la estatua de Mañara que fue clonada en bronce de la que hizo Susillo para la galería de sevillanos ilustres de San Telmo. Como mucho, asomarnos para ver al fondo la Torre de la Plata. Su primitivo nombre, "de los Azacanes", era más hermoso, pero la humanidad tiende a la cursilería como el universo a la entropía.

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