La lluvia en Sevilla

Hablar con los muertos

Hablen con muertos, ésos que nos acompañan en sus libros y en la memoria viva de la casa y de la ciudad

Como el tipo duro de una peli del Oeste, lo primero que hago cuando llego a una ciudad es visitar su cementerio. Sentada entre sus muertos, asimilo el carácter y maneras de las gentes del lugar. Además, pocas cosas reconcilian más con la vida que un buen paseo por el cementerio. En la noche de muertos de Pátzcuaro, todo es de color. En el cementerio judío de Fez, los olivos me evocan la unción. En el inglés de Málaga visito a Jane Bowles y Gamel Woolsey. En el de Rabat, como en el del Viejo San Juan de Puerto Rico, las tumbas se rinden armoniosamente hacia el mar. En Lisboa está el Cimetério dos Prazeres ("¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?", dan ganas de gritar). En la aldea de Rogil, una viuda previsora ha puesto un marco vacío junto al retrato de su difunto, como diciéndole "espérame, pronto estaré a tu lado". Eso es amor -o saudade- más fuerte que la muerte, quien lo probó lo sabe. El que más me conmueve está a 3.250 metros de altitud, en Bolivia. Los paceños dejan junto a los suyos cacharros que suenan y se mueven: cajitas de música, juguetes de cuerda, un mono con platillos, muñecas parlanchinas…, cosas que entretengan y acompañen a los muertos mientras los vivos regresan a su sinvivir. No es cultura sino barbarie la de quienes no se hablan en la intimidad con sus ancestros.

Cuando llegué a Sevilla, pasé las horas muertas en el cementerio de San Fernando. No sólo admiré los grupos escultóricos, también la ciudad invisible que -como aquella de Italo Calvino- hay en el camposanto, en la que no pocos muertos yacen fascinantes, con la honra con la que les hubiera gustado vivir (relean Enterrar a los muertos, que mi compañera Charo Ramos publicó el pasado miércoles). En cada sencillo epitafio se alza la vida de un pueblo; en sus fosas comunes habita el olvido. Paso la mano por la lápida romana que sirve de base a la Giralda; ese mármol es un pecio de la vida de Híspalis. El Panteón de Sevillanos Ilustres, en la Anunciación, da jindama, pero se pasa en cuanto saludas -¡qué alegrón!- a Valeriano Bécquer y a Gustavo Adolfo, con su armazón de huesos ya descansando "de pasear una cabeza loca". En San Lorenzo reposa un Matusalén. Antonio Machado desvivió y yace lejos. Hablen con muertos, ésos que nos acompañan en sus libros y en la memoria viva de la casa y de la ciudad. No hay en ello afán crematorio. Carmen Martín Gaite, muerta que sigue tan viva, me pide desde uno de sus libros que les recuerde esto de su parte: "Lo raro es vivir".

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