La tribuna económica

'Halloween' y el amigo americano

TODOS respetamos a nuestros difuntos, que en Gloria estén, y de paso honramos a los mejores de la historia, a todos los santos sin excepción, y así celebramos en estos días, y al alimón, a nuestros finados y a la memoria de los canonizados, como país católico-aconfesional que somos. La verdad es que, para la inmensa mayoría, estos días no son sino un puente en el que relajarse, cultivarse o darse un garbeo por enclaves atrayentes más o menos lejanos. Si yo fuera niño, y también no siéndolo ya, entre acudir al cementerio a adecentar una lápida, y hacer una fiesta de disfraces y una ronda por el barrio dando sustito, lo tendría claro. A los que ya no están se los recuerda con una frecuencia e intensidad que dependen de la huella que dejaron en nuestro corazón. Se los recuerda a solas o hablando de ellos con nuestros seres queridos, quizá a diario, y siempre en el aniversario de su triste marcha. Ésos son sus días, más que mañana lunes, día oficial de los Difuntos en el calendario eclesiástico. En un país con un calendario tan profuso de festejos religiosos, en una región en la que nos llevamos la palma en el regocijo de procesiones y romerías, resulta cansino que cada año se levanten las voces contra la celebración de Halloween: "fiesta pagana" (como si no lo fueran casi todas en el fondo), "contaminación imperialista yanqui", "invasión cultural" y cosas peores se escuchan cada año contra la emergencia de Halloween, no sólo desde bocas privadas, sino desde asociaciones de padres de alumnos cuya previsibilidad es mayor que la que Salgado le atribuye a Rajoy: engañar, no engañan; coherencia no falta, no.

Nuestra intensidad festivo-religiosa no peligra tampoco ni un poquito frente a la de las brujitas y los draculitas buenos del "¿truco o trato?"; igual que el pescaíto frito, la ensaladilla rusa o las papas con choco no están en peligro de extinción por las hamburgueserías Made in Usa, que tampoco son otro cangrejo americano invasor como el de nuestros ríos. Nunca he temido la invasión cultural estadounidense. Al contrario, durante toda mi juventud la he deseado. Su cine y su música son, en general, los mejores para mí, y no por ello me quito los zapatos en cualquier casa, ni tengo un rifle en la despensa, ni me atiborro de manteca de cacahuetes: demasiado vigía de la esencia patria es lo que hay, sea versión ortodoxia religiosa, sea versión progre antiamericano pesadito. Y no sólo está bien importar algo creativo y divertido como disfrazarse de muerto y reírse un rato del fatal fin de cualquiera, un buen entrenamiento de vida al cabo. Tendríamos que copiar más cosas. Su renacer económico, por ejemplo.

Esta semana hemos sabido que el PIB de EEUU remonta el vuelo cual águila de cabeza blanca sobre las Rocosas: nada menos que un 3,5% con respecto al periodo medido anterior. Mientras, España cae, pero ya no en picado, sino con un cierto ángulo con respecto al suelo: el batacazo se desacelera. Los presupuestos se ajustan como se deben ajustar los trajes de quienes adelgazan de repente. La Junta, según supimos antes de ayer, cincela sus presupuestos: el desplome de los ingresos exige una reducción proporcional de los gastos; seguir aumentando el déficit es una irresponsabilidad generacional. Miremos a los yanquis sin complejos ni manías.

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