Baja Temeraria

Hegel en Málaga

Almudena Grandes ha sido, y es, una de las escritoras más leídas, seguidas, queridas

Dice el poeta Juan Carlos Llop que aunque no leamos a Shakespeare o a Cervantes los sentimos nuestros. Tanto ellos como Mozart o Velázquez forman parte de nuestro capital cultural, herencia imperecedera de la humanidad, al menos de aquella de la que podemos presumir. Hay una conciencia de calidad, por decirlo de alguna manera, de aquello que sabemos grande, aunque luego pasemos horas ante series menores, libros menores, músicas menores. Todo vale si nos vale. Cada día tiene su afán, que diría Santa Teresa, otra a la que no leemos pero ponderamos su sabiduría. Hay un magma civilizatorio que nos hace orgullosos propietarios de las Siete Maravillas del mundo y de las cantigas de Alfonso X o los poemas de Ibn Hazm. Cierto es que se nos escapan vivos personajes a los que les hemos hecho un traje postizo y que de Freud, Kant o Goethe manejamos tres o cuatro brochazos. También sabemos que existe la ley de la gravedad y, salvo una idea general, la mayor parte de nosotros prefiere que sus hijos menores no le pregunten por los detalles.

Por eso - y algún musical- conocemos y aplaudimos Los Miserables, la Historia fabulada a la medida de la gente corriente, que no suele dejar escritas memorias ni aspira a que le hagan retratos Goya o Rafael. Precisamente Victor Hugo fue la inspiración para que Pérez Galdós hiciera lo propio con esos Episodios Nacionales que, según Max Aub, aunque perdiéramos todos los archivos históricos si estas cuarenta y seis novelas permanecieran, conservaríamos intacta la memoria de esa época. De Los Miserables y las novelas galdosianas bebió Almudena Grandes para escribir sus Episodios de una guerra interminable. Un retrato indispensable de los perdedores de la Guerra Civil, con las más invisibles de los invisibles: las mujeres. Grandes ha sido, y es, una de las escritoras más leídas, seguidas, queridas. Sus historias trabajadas con el escrúpulo de historiadora tienen, sin embargo, los mimbres de la mejor y más asequible literatura, dolores y amores, fechas señaladas y días laborables, palacios y cabañas. Por eso es de todos. Negarlo, reducir su influencia a su lugar de nacimiento o residencia, recuerda a esa anécdota que gustábamos contar en los primeros años de la democracia. Un diputado del PCE insistía en el pleno de una corporación provincial en que se celebrara un homenaje a Hegel. Lo hizo repetidamente, sesión tras sesión, sin que la negativa de la mayoría le hiciera cejar en su empeño. Hasta que uno de los que se oponían -a la sazón vicepresidente de la Cosa- provisto, según él, de un argumento irrebatible pidió la palabra para dar por zanjada la cuestión: "Señor diputado, ¿qué ha hecho Hegel por Málaga?".

Pues eso.

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