DISIDENCIAS

Carlos Mármol

Historia de un torero anarquista

MAESTROS de nada y aprendices de todo. A lo largo de la historia, ésta ha sido fórmula común para referirse a los periodistas. Gente peligrosa, nada de fiar, que suelen escribir historias con la vana aspiración de cambiar las cosas -algunos- o pasar a la posteridad -otros-, aunque ésta sea diminuta y no perdure más allá de lo que dura un día. Incluso menos, dados los tiempos modernos. Lo sorprendente es que algunos de estos cronistas, sin ser protagonistas de nada -mala cosa cuando el periodista muta en personaje-, sean capaces, en determinados momentos, de fijar la vida con tanta exactitud. La existencia: siempre repetida y siempre nueva. Manuel Chaves Nogales, probablemente el mejor periodista sevillano del pasado siglo, logró tal hazaña en un libro -Juan Belmonte, matador de toros- que, más que un volumen sobre tauromaquia, es un ejemplo de nuevo periodismo perpetrado cuando Tom Wolfe apenas si gateaba. El libro, que ahora recupera Renacimiento en una edición encargada por la Diputación, es una joya discreta, de un solo brillo. Pero tan intenso que deslumbra. Puro y profundo. En él se cuenta la peripecia vital del asilvestrado hijo de un quincallero, nacido en la calle Feria (Ancha de la Feria, según la vieja terminología), que hizo de su propia lucha por la vida un ejercicio de superación. Es, a su modo, una novela de aprendizaje. Pero también una reflexión sobre la vida: el camino que hacemos -todos- a lo largo de unos días, contados, que son los que nos tocaron en suerte.

Chaves Nogales no sabía nada de toros. Ni siquiera había presenciado una corrida en la Maestranza, cosa que algunos estiman atributo supremo de la sevillanía. Probablemente por eso fuera el más indicado para contar la historia de un hombre -que ejerciera de torero es lo de menos- caminando a contracorriente. Un torero de espíritu anarquista que aprendió las lecciones básicas en la calle y que terminó emulando a los señoritos -se compró una finca y se dedicó a la ganadería y a las tertulias de casino-, elevado por muchos a la categoría de leyenda viva, pero que, en realidad, tenía trazas de filósofo griego: cuando hablaba, convertía en sabiduría su experiencia. Sabía bien que el peligro es el eje de la vida y que esa sensación, el miedo, nos acompaña, de una forma u otra, cada día de nuestra existencia.

Belmonte es un ejemplo de cómo una personalidad trata de afirmarse en un medio hostil. Un hombre que eligió su destino, incluso cuando al final se pegó un tiro -dicen- en la sien, junto a su singular cicatriz. El escenario del relato -Sevilla- es casi tan trascendente como el protagonista. "Una ciudad dividida en sectores aislados que son como compartimentos estancos. Por la misma razón que la vida de relación es más íntima y cordial, los diversos núcleos sociales, las tertulias, los grupos, las familias, las clases, están más herméticamente cerrados y son más inabordables que en ninguna otra parte. En Sevilla, de una esquina a otra, hay un mundo distinto, hostil a lo que le rodea. Esta hostilidad es lucha desesperada y salvaje en los clanes infantiles, lucha de esquina contra esquina, de calle contra calle, de barrio contra barrio". ¿Puede explicarse mejor la ciudad? Y su carácter: "¿Qué me atraía? No sé. Acaso ese tirón hacia abajo que al comenzar la vida siente todo hombrecillo orgulloso cuando quiere afirmar su personalidad y tropieza con el desdén y la hostilidad de los que son más fuertes que él y están mejor situados". Pura vida.

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