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La esquina

José Aguilar

jaguilar@grupojoly.com

Illa, ¿jugada maestra o bluf?

El ministro habla bajo, no chilla ni insulta, lo que tiene mucho mérito, pero eso no convierte en eficaz su gestión

Jesús Aguirre, duque consorte, solía ironizar a cuenta de la valía de algunos personajes: un caballo que sabe contar hasta diez es un fenómeno muy meritorio, pero eso no lo convierte en un excelente matemático.

Lo pensé con motivo de la subida a los altares del ministro Salvador Illa, extraído de la pandemia por Pedro Sánchez para que el PS catalán avance lo suficiente en las elecciones de febrero como para volver a los tiempos del tripartito (con ERC presidiendo, Illa vicepresidiendo y los Comunes podemitas como perejil de todas las salsas: la mayoría de la investidura nacional).

La mayor virtud de Salvador Illa es que habla bajo, no chilla, ni insulta ni descalifica a sus adversarios. El triunfo del hombre soso, que escribió un colega. Eso, en una arena pública en la que la norma es la crispación, el maniqueísmo y la dialéctica del enemigo constituye un gran mérito. Un fenómeno como el caballo de Aguirre, pero que, como al equino, no le hace ser un político excelente ni un gestor eficaz.

Sánchez lo ha designado candidato a la Generalitat por su omnipresencia mediática como primer combatiente de la pandemia. (A las primarias, que les vayan dando). Pero ¿es suficiente? Lo digo porque Illa, un filólogo fontanero del PSC que hace seis años era jefe de gabinete del portavoz socialista en el Ayuntamiento de Barcelona (quinta fuerza política en el Consistorio de Colau), no ha demostrado una especial aptitud para el cargo. Lo ha hecho mal, como tantos otros ministros del mundo y casi todos los consejeros de Salud autonómicos. Hay que remitirse a los abrumadores datos negativos de la pandemia en España, en contagios, muertes y palos de ciego. El 70% de los españoles están descontentos con la política anticoronavirus. Por no hablar de la infumable decisión de Sánchez de mantenerlo al frente del Ministerio hasta que empiece la campaña electoral (¡como si no hubiera empezado ya!). Lo mismo la tercera ola termina quemándolo del todo.

Quizás Sánchez y el gurú Redondo, grandes artistas de la propaganda, el gesto y el postureo, han exagerado el arrastre de votos de Illa en su tierra. Quizás un mediocre educado y sobrio destaca en un erial de crispaciones y polarización y el ministro resulta ideal para recomponer el proyecto socialpopulista e independentista presuntamente moderado, pero también cabe pensar que no merece la pena descabezar la salud pública de España por unos cuantos votos en Cataluña, que seguirá incendiada por sus socios.

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