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Juan Cartaya Baños

Historiador

Ilumina y calienta

Reyes como Felipe IV serán víctimas de un desquiciado sistema educativo

Ilumina y calienta": tal era la divisa del Rey Planeta, Felipe IV el Grande, aquél al que el conde duque de Olivares quiso convertir en sol, en espejo y modelo de monarcas; y aquél también a quien su sobrino y yerno, Luis XIV de Francia, le terminó sisando motes y prestigios, e incluso le imitó sin rubor ninguno a la hora de crear un cómodo retiro palaciego como es la muy barroca tarta de mármoles y oro de Versalles.

Traigo a colación a este rey cazador, coleccionista, culto e intelectual, apasionado del teatro (y también de las actrices), y mucho más dedicado, preocupado y laborioso monarca de lo que pensamos, porque nuestro actual Gobierno ha tomado la acertada decisión de dar vuelo libre a la financiación del proyecto de ampliación del Museo del Prado incorporando a él los restos del antiguo palacio del Buen Retiro, por fin y tras años de planes y de esperas: noticia que recogía hace algunos días este diario.

Bien poco queda de aquel austero y frágil palacio que Olivares y Velázquez, ambos orgullosamente sevillanos, llenaron de arte y de riquezas, desdiciendo en su interior su muy modesta fábrica; pero lo que aún hay se va a recuperar gracias a la propuesta novedosa de un inglés, sir Norman Foster, que con ello lavará la desafortunada actuación de otros dos británicos, los generales Pakenham y Hill, que destruyeron durante la Guerra de la Independencia la mayor parte de una edificación que había sido endeble desde sus inicios y que ya por entonces no se tenía en pie. Es de aplaudir este interés por parte del Estado en rescatar este símbolo de un pasado desaparecido: sobre todo, cuando entre sus salas tengamos la posibilidad de volver a contemplar el antiguo Salón de Reinos, centro neurálgico del perdido palacio, conservado de milagro hasta hoy y en donde se volverán a cobijar las obras maestras de Zurbarán o de Velázquez que un día albergaron sus paredes.

Pero una de cal y otra de arena, porque ese es el sello personal de esta Administración que gozamos o bien padecemos, según los gustos de cada cual que lea estas letras que he juntado: esta preocupación por nuestra cultura, y por la recuperación de un patrimonio que de otro modo hubiera pasado a los armarios de la Historia se contradice con la aprobación de una nueva ley educativa en la que los alumnos de Historia de España del Bachillerato (que son todos, porque es obligatoria) no se van a acercar ni de pasada a estos Felipes ni al entregado conde duque, y -por supuesto, y ni que decir tiene-tampoco a los Carlos, Fernandos, Alfonsos, Sanchos o Isabeles que han hecho, a lo largo de los siglos, nuestra historia. Es decir, que estos muchos personajes que nos construyeron, y de los que somos más o menos afortunada consecuencia, serán víctimas propiciatorias de unos intereses políticos en absoluto afines a recordar nada que no sea aquello que agrade a su parroquia: y ya sabemos cuáles son sus aficiones. Y sobre todo -y eso es lo peor- serán víctimas, sin duda inmerecidas, de un desquiciado sistema educativo que desde luego, y a diferencia de aquel ya desaparecido rey galante, ni ilumina ni calienta.

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