la esquina

José Aguilar

Independencia de Cataluña

LA multitudinaria manifestación de ayer tarde en Barcelona tuvo una gran virtud: la sinceridad. Cataluña, nuevo Estado de Europa era su lema, inequívoco y rotundo. Los que acudieron a ella no fueron a pedir una mejor financiación a la autonomía catalana, sino a terminar con la autonomía y sustituirla por un estatus jurídico-político que consideran mejor para ellos.

Se agradece la sinceridad. Al fin hemos pasado del independentismo a la independencia. Quiero decir, de explotar el espantajo de la independencia para conseguir ventajas materiales y más poder a plantear la independencia como el próximo objetivo político de los gobernantes de Cataluña. De amagar a dar. Del sueño al empeño. Máscaras fuera. ¿Acaso no es preferible?

El presidente de la Generalitat, Artur Mas, ha despejado cualquier duda. Por pura hipocresía no se ha sumado personalmente a la manifestación independentista, escondido tras la barrera de su papel institucional, pero ha trabajado duro por su éxito. Casi todos sus consejeros han acudido a la llamada de la patria y él en persona ha subrayado que nunca Cataluña ha estado tan cerca de su "plenitud nacional". "Mi corazón, mi espíritu y mi compromiso estarán con vosotros", dijo para rematar la faena, en su discurso previo, en horario de máxima audiencia, de cobertura ideológica e impulso a los manifestantes.

Su mensaje de estos años en reivindicación del pacto fiscal no era, como habíamos creído, un fin en sí mismo, sino un instrumento transitorio para avanzar hacia el destino final: la independencia. Su gran triunfo no ha sido otro que convencer a sus conciudadanos de que los problemas de Cataluña, los cuatro planes de ajuste ya acometidos y el hecho mismo de que sea la comunidad más endeudada del Estado, no se deben a la política de sus gobernantes, sino a que parte de sus recursos son desviados hacia otras comunidades. Si no existiera el famoso déficit fiscal, es decir, si Cataluña trabajara para sí y no para otros, sería un Estado de los más ricos de Europa. Ése es el argumento.

La transformación del malestar social en arma soberanista está derrotando por puntos -cada vez más puntos- a la idea de que no son las regiones, sino los individuos, quienes tributan a las arcas públicas, y que allí donde hay más ricos es donde, lógicamente, más se contribuye a la Hacienda común que permite pagar las pensiones, curar a los enfermos y ayudar a los que menos tienen (eso que llamamos solidaridad). La mitad de los catalanes aseguran que votarían hoy por la independencia. Por separarse de España e iniciar el complicado camino de crear otro Estado en la Unión Europea. Los democristianos de Unió se han unido a la manifestación, los socialistas del PSC ya no rehuyen debatir sobre la secesión.

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