Tala de árboles El Ayuntamiento pretende encargarse del ficus de Triana y su espacio en la parroquía

'Jake mate'

Eran, ya desde su juventud, líderes natos, y ambos no tenían cabida en el mismo gallinero

Los dos se apellidaban Smith, pero no eran parientes, sólo enemigos. Charles el primero, descendiente de una familia poseedora de varias empresas dedicadas a la construcción; y John el segundo, hijo primogénito de Lord Stanley. Se encontraron por vez primera en una fría clase del Trinity Collage de Sant Andrews in Heaven, un prestigioso centro educativo para los hijos de las élites del Imperio británico. Un lugar donde todos, alumnos y asistentes, se sentían formando parte de la formación de quienes estaban dirigidos a dominar el mundo en el futuro. Desde el primer momento los dos Smith sintieron el uno por el otro una profunda animadversión. Eran, ya desde su juventud, lideres natos, y ambos no tenían cabida en el mismo gallinero. Charles multiplicó la fortuna heredada y John hizo lo mismo. A finales del siglo pasado eran dos de los hombres más ricos del mundo y ambos competían por sus intereses en el sector inmobiliario, en la industria pesada y de la construcción, en el automovilístico, en empresas farmacológicas y hasta en el sector alimenticio y aeronáutico. Lo suyo era un Madrid-Barça global. Si en su juventud lucharon por ver quién era el primero de la clase o en las carreras de 800 metros, el resto de sus vidas vivieron alentados por el deseo de hundir al otro, por encima de cualquier otra voluntad. El odio era su motor y no dejaron de sentirlo ninguno de los dos, ni un solo segundo de sus vidas. Unas veces ganaba Charles, de formas más amistosas; otras John más contundente y agresivo. Pero el duelo era interminable.

Y así llegaron ambos a los 100 años. Una tarde del frío otoño inglés, Charles se encontraba sentado en su silla de ruedas, conectado a un respirador artificial y otros artilugios que le mantenían vivo, rodeado de un batallón de enfermeras que velaban por mantener la respiración de aquel vegetal. Con su mirada perdida en el infinito de su mansión en Harroshy al este de Sussex, era un fantasma. Entonces, corriendo y casi sin habla, su secretario principal se le acercó y le informó con una sonrisa que John Smith acababa de fallecer. Charles ni se inmutó. Suspiró varias veces, alzó su cabeza hacia el techo de la estancia y luego la bajaba mirando al suelo. Preguntó hasta en dos ocasiones por la veracidad de la noticia y tras un largo silencio balbuceó para decir con apenas un hilo de voz: "Me pregunto que pretende con ello". Cuando tras mucho deliberar aceptó que su rival había muerto, se sumió en la tristeza más profunda al descubrir que su vida carecía ya de motivo. Y sospechó que John, con su última jugada, acababa de derrotarle ya para siempre.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios