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El caso de los padres de Nadia, cuyo juicio se ha celebrado en estos días, nos vuelve a enfrentar con lo peor de la condición humana, con esa deplorable capacidad que tienen algunos para enriquecerse con las desgracias de otros, incluso aunque éstas afecten a su propia familia.

Como recordarán, tales padres, Fernando Blanco y Margarita Garau, han tejido durante años una gigantesca estafa en torno a la rara enfermedad de su hija (tricotiodistrofia), en la que no faltaron lacrimógenas apariciones en televisión y desesperadas apelaciones a la generosidad colectiva para sufragar terapias milagrosas que salvaran la vida de la niña.

De todo el cuento, una única verdad: Nadia está enferma sí, pero su mal, que afecta a su movilidad, daña su piel y le provoca una dificultad severa para el aprendizaje, ni implica riesgo inminente de muerte, ni tan siquiera acorta su horizonte normal de supervivencia.

Según el fiscal, a partir de 2012, Fernando y Margarita, tras embaucar a miles de donantes y atesorar más de un millón de euros, se convirtieron en unos "nuevos ricos y pasaron de vivir en Mallorca y dormir los tres en el mismo colchón a alquilar un chalé de alto standing en el Pirineo". Exóticos viajes, la compra de potentes vehículos o la estancia en lujosos hoteles completan el abanico de su miserable botín.

No es, por supuesto, un engaño excepcional. Hay -jamás faltaron- desalmados que comercian con el infortunio de los más débiles, con el desamparo de los discapacitados, con el padecimiento de los sufrientes, con la buena fe de una sociedad solidaria que acude siempre para mitigar las desventuras del prójimo. Delincuentes ruines, no encuentran obstáculo moral en hacer de la pena y de la lástima una fuente provechosa de lucro. Constituyen la más asquerosa casta de maleantes, aquélla que no sólo roba el dinero de las gentes, sino también su confianza en que la colaboración común sigue siendo útil, benéfica e imprescindible.

Nunca me parecerá demasiado dura la condena de estas ratas de cloaca, afanadas en reírse de nuestros mejores sentimientos, en destrozar la credibilidad de causas cuya nobleza roen, empañan y desmienten. Todos, en la medida en que aumentan nuestros recelos y mengua nuestra disponibilidad, somos sus agraviadas víctimas.

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