Tomás garcía rodríguez

Doctor en Biología

Laureles de historia y leyenda

Las coronas de laurel están vinculadas desde la antigüedad a ideas de triunfo

El laurel es una hermosa planta arborescente de verdor exultante en sus aromáticas hojas, las cuales poseen propiedades culinarias y medicinales, aunque tóxicas en dosis altas. De origen mediterráneo, aporta una recia madera utilizada desde antaño para trabajos de taracea y marquetería de tradición árabe; de sus frutos aceitunados se extrae un aceite que, mezclado con el de oliva, se usa desde tiempos pretéritos para la fabricación del jabón de Alepo, el primero conocido de consistencia sólida. Es de crecimiento inicial lento con buena capacidad de rebrote y resistencia a la poda, por lo que se emplea en setos de plazas y jardines. Estos árboles se reparten por la urbe hispalense, entre los cuales destaca el monumental que preside el ajado jardín circundante a la torre de Don Fadrique; también conmueve el laurel de la calle Mármoles -en el entorno del foro romano de Hispalis- que acompaña a las tres columnas que permanecen de las seis u ocho originales, algunas procedentes de Itálica, de un posible pórtico de entrada a un conjunto monumental del siglo II.

"Por las ramas del laurel/ vi dos palomas oscuras./ La una era el sol,/ la otra la luna./ "Vecinita", les dije,/ "¿dónde está mi sepultura?"/ "En mi cola", dijo el sol./ "En mi garganta", dijo la luna./.../ Por las ramas del laurel/ vi dos palomas desnudas./ La una era la otra/ y las dos eran ninguna." (Casida de las palomas oscuras, Federico García Lorca).

Las coronas de laurel -también de mirto o yedra- están vinculadas desde la antigüedad a ideas de triunfo, sabiduría, gloria e inmortalidad, siendo ofrecidas como trofeo a emperadores, héroes, sabios, poetas, atletas... Serían olvidadas en el medievo con la expansión del cristianismo al formar parte de la simbología pagana, resurgiendo en el Renacimiento con el regreso a los cánones clásicos de sentimiento, pensamiento y arte.

"Perdóname y pide a la fortuna, en el mejor modo que supieras, que nos saque deste miserable trabajo en que estamos puestos los dos; que yo prometo ponerte una corona de laurel en la cabeza, que no parezcas sino un laureado poeta, y de darte los piensos doblados" (El Quijote, cap. LV, Cervantes).

La relación del laurel con el ser humano se remonta a la noche de los tiempos, siendo apreciado por primitivas civilizaciones, aunque serían griegos y romanos los que lo incorporaron plenamente a sus refinadas culturas. El templo de Apolo en Delfos se hallaba rodeado de un bosquete de laureles cuyas hojas masticaban asiduamente las pitonisas para inducir sus trances adivinatorios. Apolo, en uno de los más bellos relatos míticos de la literatura clásica, turbado y cegado de pasión, persigue a la ninfa Daphne y esta, en su huida, se transforma en laurel para no ser atrapada por el dios del amor, de la belleza, los augurios y las artes...

"Mas puesto que esposa mía no puedes ser, el árbol serás, ciertamente... Siempre te tendrá a ti mi pelo, a ti mis cítaras, a ti, laurel, nuestras aljabas" (Las Metamorfosis, Ovidio).

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