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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Para María Esperanza

Barry, Legrand, Montand, Rota, Mercouri… Y la voz de María Esperanza, a la caída de tarde, acariciando

El pasado mayo la casa de toda su vida, Radio Sevilla, la homenajeó poniendo su nombre al estudio en el que tantas horas pasó. Este lunes la Asociación de la Prensa de Sevilla le ha entregado el Premio de la Comunicación. Es María Esperanza Sánchez. Afortunadamente no son reconocimientos tardíos. Se suman al Ondas en 1977, Meridiana en 1998, Mujer Sevillana en 2000, Manuel Alonso Vicedo de Periodismo en 2004, Aljabibe en 2012, Clara Campoamor en 2013 y Andalucía de Periodismo en 1988 y 2001. Y a las medallas al Mérito en el Trabajo, Ciudad de Sevilla y Andalucía. Pero tengo para mí que su premio mayor es la fidelidad cariñosa, o el cariño fiel, de los miles de oyentes, que sumados a lo largo de los años son millones, para los que es una compañera de vida respetada por su honestidad y querida por su voz.

La honestidad profesional, el compromiso con los ideales, la lucha por lo que se estima justo y la denuncia de lo que sabe injusto hacen que un periodista se gane el respeto de los oyentes que reconocen a alguien en quien se puede confiar incluso en esa enriquecedora discrepancia que obliga a pensar las cosas. Pero es la voz la que lo hace, además, querido. No me refiero al sabio y a la vez intuitivo y emocional uso que María Esperanza hace de ella según se trate de programas informativos, divulgativos, de entretenimiento, entrevistas o tertulias, sino a su voz en sí misma, a su belleza acariciadora, al don que supo perfeccionar hasta convertir la riqueza expresiva de sus aspectos y matices no verbales en expresión de su personalidad. La belleza de la voz es un don de la naturaleza, pero su educación es obra de la inteligencia. Cuando se permitía descansar del rigor de la información y la tensión de la noticia, María Esperanza, que algo o mucho de actriz tiene, que tanto ama el teatro y el cine, y tanto admira a Meryl Streep y a Rosa Guiñón, su voz española, cultivó y educó a lo largo de los años el don de su voz con el mimo con el que una actriz lo hace o un músico cuida su instrumento.

Tuve la suerte de compartir muchas tardes a lo largo de muchos años con ella –Mar Badía, su productora, en la pecera– en un programa dedicado a la música de cine. John Barry, Michel Legrand, Fred Astaire, Yves Montand, Nino Rota, Melina Mercouri… Y la voz de María Esperanza, a la caída de la tarde, acompañando, acariciando. Lo recuerdo con añoranza y gratitud.

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