César romero

Escritor

Mármol de Carrá

Triunfó en la Transición, de una manera hoy casi inimaginable, porque traía juventud y descaro

La memoria de quienes éramos niños en los años setenta es tan compartida, tan común, que el ministro Escrivá bien podrá quitarnos unos cuantos euros de una futura pensión o postergar el momento en que nos apuntemos a los viajes del Imserso (cosa por la que, quizá, uno le esté infinitamente agradecido), pero esos lugares comunes, que tanto abrigan o animan, ya no hay político que nos los quite. Quienes derramamos alguna lágrima el día en que Félix Rodríguez de la Fuente se murió, con una edad parecida a la que ahora tenemos, no hemos llorado con la muerte de la gran Raffaella Carrá, porque ya ha pasado la suficiente agua bajo el puente como para eso y, sobre todo, porque la Carrá es incompatible con la tristeza, el llanto u otro lamento.

Quienes crean que la Carrá está asociada a una época, a una situación determinada, se equivocan. Sí, triunfó en la España de la Transición, de una manera hoy casi inimaginable, porque traía juventud, frescura, descaro sin esa cierta desvergüenza del destape de la época, y se acopló a aquella España como un guante. Pero su arrolladora personalidad hubiera triunfado en cualquier lugar y tiempo. Y, más allá de eso, y quizá ahí esté el secreto de su eterna pervivencia en la memoria de tantos, más que a probos casados con sueños eróticos irrealizables, envidiosas señoras que desearían mover sus piernas como ella o gais que con una peluca rubia ya se sentían reinas del mundo, la Carrá siempre encandiló a los niños y, sobre todo, a las niñas. Hagan la prueba: pongan un disco o alguna actuación suya a un par de niños. Les aseguro que sabrán las letras de sus canciones de por vida. Lo dice quien descubrió que sólo la Carrá mantenía despierta a su hija después de media jornada de playa, asegurándole que esa noche no le darían las dos de la mañana amortizando en los columpios la media hora escasa de siesta que, sin sus salvadoras canciones, se abría echado en el coche. Quien hace tres días recordó esta anécdota al saber que una prima de esa hija hoy ya, ay, casi mayor de edad, con poco más de cinco años es capaz de cantar y bailar el repertorio de la italiana.

La Carrá tenía la alegría, la espontaneidad, esa cierta inocencia que es posesión de la primera infancia, por eso conectaba tan bien con los niños de entonces y con todos los niños que cogen al vuelo alguna de sus melodías. Parchís, Enrique y Ana, etcétera, estaban condenados al olvido o a algo peor: la nostalgia. Como todos los cantantes o grupos infantiles. La Carrá, que no era cantante de niños, es recordada por quienes la escucharon siéndolo porque les devuelve esa alegría espontánea, sin amarguras ni melancolías, esas ganas de levantarse del sofá y dar tres pasos arrastrados y pegar un cimbronazo de cuello mientras se tararea cualquiera de sus melodías. Sin sombra de pena. Con la perdurabilidad de lo que dura un instante y, sin embargo, dura para siempre.

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